Identidades, nacionalismos y fútbol en América Latina: táctica y estrategia de una tradición dentro de una novedad

“La patria es la selección”

Albert Camus

Na companhia de mais três pesquisadores colombianos (Efraín Serna, Guillermo Montoya y Alejandro Villanueva), nós publicamos pela editorial Kinesis o livro: “Naciones en campo: fútbol, identidades y nacionalismos en América Latina” que contem contribuições de académicos de nove nações da região latino-americana: México, Costa Rica, Equador, Venezuela, Argentina, Uruguai, Chile, Brasil y Colômbia. Como um presente para os leitores desde blog, eu compartilho uma versão da introdução da obra de minha autoria. 

La nación imaginada en clave de gol. La cultura sintetizada en 90 minutos y en ese “tercer tiempo” que es la reposición que ata el pitazo final de un juego con el primer minuto del próximo. Metáfora y metonimia y quizá también hipérbole y pleonasmo. El fútbol no sólo encarnó con relativo éxito la modernidad de los grandes relatos; para este caso el del mito fundacional de la patria, sino que se convirtió en su propia criptonita: no existe nada más volátil, efímero, fugaz, que la narrativa futbolera (Carrión, 2006; Quitián 2009). Un club se reinventa –en las redacciones de los periódicos, en los muros de Facebook, en las conversaciones de bar – fecha tras fecha de la liga local.

Capa do livro: "Naciones en campo: fútbol, identidades y nacionalismos en América Latina"

Capa do livro: “Naciones en campo: fútbol, identidades y nacionalismos en América Latina”

Pero ¿Es posible que él resuma la nación? El periodismo escrito –desde el ecuador del siglo XIX- fue el primero en coquetearle a esta idea, desde que se dio cuenta de su susceptibilidad para ser narrado. Claro que esa cualidad aplicaba para casi todos los deportes; sólo que ninguno se difundió tan rápido y se hizo tan popular como el soccer que partió aguas con el rugby que no proscribió el uso de las manos. Otro detalle incidió en su asimilación con villas, pueblos y naciones: era práctica colectiva, implicaba la conformación de equipos. La sumatoria de personalidades que conformaban una entidad superior denominada club y más adelante, también, selección nacional.

Esa creación de un súper-yo deportivus –el club- excedía en mucho la mimesis que suponía el boxeo o el ciclismo, por citar dos deportes clásicos y populares del siglo de oro de los deportes que va desde la mitad de la centuria del 19 a la del 20. Por los cuadriláteros la nación apenas se asoma: la historia se puede acabar por vía del nocaut y está condenada al olvido con el declive o el retiro del pugilista. Igual pasa con el ciclismo: difícil es construir un relato grupal a partir de valores individuales. Una etapa, clásica o vuelta depende, para su inmortalidad, del oxígeno nemotécnico de una leyenda a prueba de amnesia(1). Casos ha habido (Pambelé y los “escarabajos” encabezados por Lucho Herrera en Colombia), pero son contadas excepciones que validan la regla (Quitián, 2010).

Quizás ayude a entender mejor el porqué de su capacidad para fungir como sucedáneo de la patria, el que consideremos su naturaleza original: el fútbol, como todos los deportes, es expresión estamental. En otras palabras, surgió como producto de una identidad gremial, de una clase social, de un “habitus” singular de una franja poblacional específica. Su cuna es eugenésica, noble y cortesana. De rebote su asunción, su práctica, es factor de distinción. Jugarlo implicaba marcar una diferencia entre el caballero y el plebeyo. Entre el sportmen y el burgués. Entre el gentleman y el villano. Entre el que se jactaba de cultivar su cuerpo y quienes estaban obligados a cultivar la tierra. Junto a Pierre Bourdieu (2004), Marcel Mauss explica con mayor lucidez este escenario de variedad cultural, en su ensayo sobre las técnicas corporales (1979).

Al contener valores de clase, al ser piel que circunscribe un corpus cosmogónico que –para sus inicios- oponía el fair play feudal al librecambismo de la burguesía y la hidalguía de la Corte al paganismo rural, el football asume también un carácter civilizador que ya no solamente pretende diferenciar las gentes de la metrópoli, sino también los pueblos obligados a jurar lealtad bajo la divisa de la Union Jack. Ese proceso, detallado por Norbert Elias (1996), que atribuye al deporte la aparición del parlamento y que sofistica la idea de Clausewitz (2008) de considerar la guerra como “la política por otros medios” y la transforma en “el deporte es la política (o la guerra) por otras vías” (Elias, 1996: 49), tiene como co-relatos la introducción del sport (el deporte) en los territorios que después se erigirían como repúblicas modernas en representación de antiguos pueblos.

Este proceso ha sido ampliamente detallado por periodistas, historiadores y otros cientistas sociales que recrean cómo los discursos higienistas, civilizatorios y de mejora de la raza –del fin del diecinueve y la primera mitad del veinte- vinieron empaquetados en las narrativas del deporte. Ya el sport no solamente contenía el genoma cultural de una clase social que debía alcanzar el sueño de Emerson de que todo “británico fuese un potencial embajador de la Corona”, sino que era el elemento sine qua non imaginado para esa otra gran invención: la civilización Occidental. Por supuesto que esta retórica responde a una ideología de época, régimen y clase; no obstante sus expresiones discursivas (y prácticas), sus desarrollos y alcances fueron desiguales y hasta contradictorios según sea el lugar donde pretendió implementarse con variados niveles de violencia real y simbólica.

Así las cosas, el sport (después se españolizó como deporte y se brasilerizó esporte) entrañaba no sólo una magnífica metáfora de la sociedad del epílogo del siglo XIX: por un lado de la fraternidad estamental de sires y lores; por otro de la distribución de tareas y la asunción de responsabilidades (propias de la transición de la factoría a la industria); así como de la abnegación por el trabajo de la ética protestante y –en general- de la concepción funcional (orgánica) de la sociedad que recompensaba el trabajo en equipo.  Pero al mismo tiempo, respondía a una estrategia de gobierno imperial y de política de Estado: expresaba un ideal civilizatorio escenificado en las personas que disponían de tiempo suficiente para cultivar destrezas mentales y corporales, las que superaban los límites del espíritu forzando las fronteras físicas, pregonando siempre una actitud nobiliaria: la del juego limpio, con la que se despreciaba tanto el triunfo como la derrota en pro del respeto al estatus quo del reglamento que equivalía a la armonía del orden social.

Símil de sociedad y táctica biopolítica. Pero también corpus identitario y según los estudiosos del tema de su difusión en Argentina y Brasil, elemento narrativo de las propias naciones ¿Cómo fue posible ello? ¿Cómo la nación puede relatarse al ritmo de la gambeta, la pared y el gol? Para el caso reciente, conviene darle el crédito a la argentina Beatriz Sarló (1988, 1998) quien se preguntó por el peso político del fútbol en las representaciones colectivas de sus compatriotas. Trabajando esa línea, Pablo Alabarces (2008) concluyó que ante la ausencia de discursos políticos envolventes de lo nacional (o ante su agotamiento), es el fútbol quien mejor sustituyó los mensajes de unidad nacional. Claro que una y otro fueron claros al señalar que el fútbol (y la selección) no son la patria, entre otras porque los estados de ánimo que sus triunfos y derrotas generan, impiden la estabilidad narrativa que supone todo mito fundacional (Alabarces, 1998).

Ya Eduardo Archetti había anticipado esa perspectiva en su ensayo “Fútbol y ethos” (1984), maximizando las posibilidades de análisis con su obra sobre las masculinidades a partir del examen idiosincrático del polo, el fútbol y el tango (1999). Su tesis, que aplicaría de manera más o menos homogénea para toda América Latina (siendo México, con su inquebrantable leyenda de virilidad, la mayor excepción), es que en contravía de los relatos que prescriben lo que significaba ser macho, definido en el libro “El gaucho Martín Fierro” de José Hernández (1983), era el fútbol la única área libre dónde para ser hombre se debía ser niño (pibe). Todo por una razón elemental: para vencer a los ingleses había que engañarlos, burlarlos, confundirlos; no confrontarlos cuerpo a cuerpo porque así ellos ganaban (1995).

Roberto Da Matta y una generación de antropólogos- sociólogos brasileros: Simoni Lahud Guedes, Arno Vogel, Marcos Alves de Souza, Bernardo Buarque de Hollanda, Ronaldo Helal palpitaron con similar sensibilidad intelectual: sofisticaron la idea del estilo nacional de juego (identidad lúdica), describiendo a profundidad la personalidad arquetípica del malandro (a malandragem) en tensión con el otario (el engañado/ el europeo por extensión) que refuerzan el estereotipo social de la “malicia indígena” (desde Bolivia, hasta México) y de la “viveza criolla” o la picardía del potrero para la región del Rio de la Plata. En “Universo do futebol” (1982), se habla del “jeitinho carioca”, entendido como un ethos, una cosmogonía, una forma de ser que asume el fútbol en consonancia con el desparpajo propio del carnaval: con la frescura de la playa y la temperatura del trópico. Eso genera el “jogo bonito” que es también baile (samba) y engaño (capoeira) y se complementa con el mito mestizo de brasileridad expresado en textos como “O negro no futebol brasilero” de Mario Filho y “Casa- Grande & Senzala” de Gilberto Freyre .

Descubrimos así una veta analítica que no sospechábamos cuando nos iniciamos como aficionados del fútbol (y aquí habría que incluir también las adscripciones clubísticas que genera el balompié, que es otro factor de constituciones identitarias parciales y totales): la de sus posibilidades de narrarnos como comunidad imaginada, como nación, en los términos de Benedict Anderson (2007). Otro que lo había advertido era Eduardo Galeano (1995), ciudadano de ese pequeño-gran país que es el Uruguay que puede ser –sin temor a equivocarnos- el verdadero país del fútbol, a juzgar por su pequeña demografía (son casi tres millones de personas) y su rica historia de triunfos en el deporte de los guayos. Imposible –dice Galeano- no definirse en términos de “la celeste” en la República Oriental que fue casa de la primera Copa Mundo de la Fifa.

Para ilustrar la singularidad a este respecto- en la región, conviene leer los textos (además de los ya citados de Argentina y Brasil) de Fernando Carrión en Ecuador (2006), Aldo Panfichi en Perú (1994), Sergio Villena en Costa Rica (2003), Samuel Martínez en México (2010) y los “Cuadernos de nación: belleza, fútbol y religiosidad popular” en Colombia (2001), especialmente el artículo “La nación bajo un uniforme” de Andrés Dávila Ladrón de Guevara y Catalina Londoño (2001). Está por aparecer, nos consta que así es, una producción considerable y respetable en Venezuela, Chile y Uruguay. Los textos que aparecen en este libro, de Alessandro D’amico, Rodrigo Soto & Carlos Vergara y Cristián Maneiro son una prueba de lo que está por venir. 

Para el caso de Colombia existen dos desafíos: examinar con el escrúpulo que ya tuvieron nuestros pares del cono sur sudamericano, las narrativas de nación desde la arena del fútbol, teniendo como fuente primaria la prensa general y la especializada. Es cierto que aquí el balompié profesional fue de los más tardíos en profesionalizarse en la región(2) y que, quizá por ello, la reseña descriptiva y los textos que lo trataban con análisis en páginas editoriales, de variedades o de cuando se crearon las secciones de deportes es magra hasta empezada la segunda mitad del siglo pasado. Recordemos: enseguida de “El bogotazo” se inaugura a las volandas el torneo nacional. Un reto subsidiario de este primer punto es establecer con mayor rigurosidad la relación entre el magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán, que recrudeció la guerra civil conocida como “La Violencia” (1946- 1966) y  el debut de la liga que, como todos los cronistas coinciden, aconteció con gran suceso tal como lo evidencia el nombre con el que fue bautizada esa época de esplendor futbolístico: “El Dorado” (1949- 1954).

Paradójico que ante la magnificencia de un fútbol incipiente en historia y desarrollo, pero pletórico en estrellas extranjeras (principalmente argentinos, uruguayos, paraguayos y brasileros) (3), el país se debatiera en una lucha bipartidista, de sectarismos políticos que desangró un porcentaje importante de la población nacional e impidió que el proceso de unidad nacional se consolidara (Quitián, 2011). Importante es sopesar hasta qué punto el fútbol fue un elemento pacificador –desde la perspectiva elisiana- según se presenta en el original estudio de Alberto Mayor Mora para el caso del Valle del Cauca y Antioquia (1985).

El segundo desafío es comprender cómo se pudo gestar el encantamiento oral de un pueblo campesino, que creyó el relato de una sola nación a partir del prodigio de la radio y del libreto narrativo del ciclismo, el boxeo y el fútbol. Para 1938 (fecha de la primera participación internacional en fútbol) (4) la mayor parte de la población residía en el campo, tenía vocación agropecuaria y llegaba al 80% de analfabetismo. El país no llegaba a los 10 millones de personas y tenía baja movilidad en términos de desplazamientos internos (los viajes al exterior eran una rareza por la baja oferta y el alto costo) (5) e integración. El mundo era la vereda, el pueblo o máxime la región.

Ante ese panorama, la radio jugó un papel central no sólo como vehículo de comunicación interna, sino como factor de integración de regiones y provincias con el centro del país. Pero no sólo para comunicar lo que acontecía en Bogotá en términos informativos, sino para transmitir los valores que las élites querían socializar, imponer y desarrollar en su propósito de hacer del país una nación con características modernas. Sopesar hasta qué punto esta triada de deportes: el ciclismo, el box y el fútbol consiguió confeccionar la fantasía de la nación y persuadir su historia en la masa de oyentes, mediante el relato épico de los héroes deportivos, es la tarea que se anticipa en la agenda programática propuesta en el presente artículo.

Hasta donde las figuras deportivas, los blasones, divisas, himnos y relatos del deporte sustituyeron con eficacia (como ocurrió parcialmente en Argentina) el discurso de “lo nacional”. Qué tanto la política y la historia oficial aprendida en la escuela cedió o se complementó con la transmisión vía ondas hertzianas de los deportes, particularmente del fútbol, en la que se daba cuenta de la representación de atletas que encarnaban al país en competencias entre naciones, disputadas en el extranjero.

Si aceptamos que lo nacional es un consenso negociado, en tensión entre lo tradicional y lo novedoso y que la mitología que lo soporta incluye un relato fundacional y la presencia de figuras legendarias que enfrentaron con valentía, coraje e ingenio adversarios que impedían la existencia propia, tenemos un ámbito en el que el deporte tiene serios chances de obrar como sustituto narrativo. Una forma de abordar analíticamente este aspecto es parafraseando a la ya mentada Simoni Lahud Guedes (1977); ella nos habla de “a instituição zero” (institución cero) que es la versatilidad del fútbol (y por extensión del deporte) para fungir como estructura comodín de ideologías de disímil característica. Basta ver cómo el gobierno del presidente Juan Manuel Santos lo ha instrumentalizado discursivamente en los diálogos de paz en la Habana y como su contraparte, los negociadores de la guerrilla de las Farc, han aprovechado la aparente neutralidad del fútbol para proponer un duelo simbólico en Cuba y Santa Marta (6). Con ello podríamos concluir que el fútbol sirve para todo, incluso para refundar naciones…

Como corolario de esos desafíos está uno más contemporáneo y es el de la observación profunda de la relación del fútbol con la massmedia; tópico al que todavía le debemos tiempo: su escrutinio como industria cultural. Pero viene más a cuento de este libro, su vínculo último con la publicidad. Sobre todo por la inevitable sospecha que sentimos de estar ante dos estupendos canales de comunicación. Fútbol y publicidad (7) aseguran eficacia del mensaje, garantizan ganancia del negocio (Quitián, 2013a) y tienen la coincidencia de ser potentes cajas de resonancia de lo nacional.

¿Ante la desaparición de figuras políticas que renueven la identidad nacional será la publicidad quien asuma las narrativas de nación? Ya la magnanimidad Bolívar parece perder brillo y los apellidos Valderrama y Falcao dan la sensación de ser más aglutinantes. Ni qué decir de comparar el orgullo por la batalla de Boyacá frente al 1 x 1 con Alemania en “Italia 90” o el 5 x 0 a los argentinos del 5 de septiembre de 1993 ¿Seguirá siendo el fútbol un emplasto de la patria? Por lo menos si es importante para el 95% de los colombianos, como lo certifica la última encuesta nacional del centro Nacional de Consultoría (2014). Todavía no está dicha la última palabra y el Mundial de Brasil 2014 promete ser un laboratorio social (por las seguras protestas que habrá y porque trae de nuevo a la palestra la visión neomarxista de que es el “opio del pueblo”) que propicie nuevos escenarios ciudadanos y estimule más discusiones sobre el particular.

Como hecho social total que es, no hay duda que con la Copa reeditaremos esa sensación de asistir a una guerra simbólica e internacional de repúblicas, donde estarán en juego cosas importantes como el orgullo y el prestigio nacional y otras más banales y triviales –a decir de Catherine Palmer (1998)- como el demostrar fervor por la selección y dar a conocer al mundo cosas propias de nuestra idiosincrasia. Las naciones entran en campo y con ello las historias de nuestra patria están expuestas a reescritura.

Notas

  1. Interesante observar como en nuestro país la Vuelta a Colombia fue la artífice de la integración real de localidades de la región central- andina (entre ellas: Bogotá, Ibagué, Tunja, Manizales, Pereira, Armenia, Medellín, Cúcuta y Bucaramanga) y de esta zona con sectores interandinos (especialmente Cali y Neiva) y con la costa caribe (Santa Marta, Barranquilla y Cartagena). La programación de etapas entre estos municipios impulsó la red de carreteras, modernizó la transmisión radial y permitió pensar en términos de nación, por encima de región.
  1. En Argentina el primer torneo profesional data de 1931, en Uruguay en 1932 y en Chile en 1933. Brasil, dada la extensión nacional de su territorio tuvo un proceso desigual, pero el paso del amateurismo al profesionalismo se empezó a gestar con los torneos inter-estaduales entre Rio de Janeiro y Sao Paulo, promediando la década del 30.
  1. La colombiana, antes que la italiana, inglesa, española y británica, fue la primera liga en la que las nóminas titulares estaba integradas en su totalidad por extranjeros. Los nacionales eran suplentes. Ver Guillermo Ruiz Bonilla (2008).
  2. El 15 de febrero de 1938, en Panamá, en el marco de los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe.
  1. De hecho Colombia sigue siendo un país de poco tráfico de nacionales al exterior. Hasta 1990, según una encuesta de la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco) el 80% de los colombianos no había salido ni pensaba viajar fuera del país. Probablemente esa situación esté cambiando en virtud de la mayor oferta de aerolíneas (baja de tarifas) y el crecimiento de la clase media en el país.
  1. Originalmente la oferta, aupada por el gobierno, surgió de labios de Carlos “El Pibe” Valderrama y de Mauricio “Chicho” Serna que le propusieron a los representantes de las Farc que “cambiaran los tiros de fusil por tiros al arco de una cancha de fútbol”. Iván Márquez (jefe de los negociadores de la guerrilla) contrapropuso un duelo de ida y vuelta en La Habana y la cancha de ‘Pescaito’ (Santa Marta) dónde surgió el Pibe como futbolista.
  2. El matrimonio afortunado del fútbol con la publicidad ilustra muy bien el carácter del primero en su expresión de alta competencia. Para algunos investigadores (Simoni Guedes, Ronaldo Helal, Victor Melo, etc., etc.) el fútbol es tan singular que ya no puede ser considerado un deporte: es más un espectáculo televisivo, un show multimedial que –por ello mismo- no obliga a sus atletas a los sacrificios, abnegación y confinamientos de otros deportes. Recuerden como varias vedettes del balón (Romario, Asprilla, Cuauthemoc) pasaban la noche en discotecas y al día siguiente eran figuras de sus equipos.

Bibliografía

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