El Dorado: un bocado internacional con sabor rioplatense

Por:
Texto: David Quitián
Diseño gráfico: Omar Franco

Antes que las ligas italiana, inglesa y española internacionalizan sus nóminas -con futbolistas de diferentes países y continentes- hubo un torneo nacional que reunió jugadores y entrenadores de 18 naciones distintas y tuvo árbitros oriundos de seis patrias diferentes. Ese fue el campeonato de balompié colombiano, uno de los últimos en profesionalizarse en Sudamérica (año 1948), que tuvo otras singularidades como el sorprendente número de ciudades que integró desde sus inicios (seis en su primera edición) y su desarrollo en medio de la violencia política que asolaba a Colombia.

Otra particularidad fue el contexto en el que se generó: en medio de la agitación popular por causa del magnicidio de la principal figura del populismo colombiano, Jorge Eliécer Gaitán, asesinado en Bogotá en 1948. “El 9 de abril” –como sería conocido por el pueblo- o “El bogotazo” como lo bautizaron las élites atizó, a escala de todo el país, la contienda entre liberales y conservadores. Cuatro meses después, se inaugura el torneo nacional con algunas contrataciones de extranjeros que ya rondaban por las canchas y equipos semi-profesionales de Bogotá, Cali, Medellín, Manizales, Barranquilla y Pereira, que fueron las villas anfitrionas del puntapié inaugural.

Pero sería desde junio de 1949, aprovechando la huelga de jugadores de Argentina (que afectaba a jugadores uruguayos, paraguayos y peruanos), la informalidad tributaria de Colombia -sumada a su desconocimiento de la normatividad internacional de transferencias clubísticas- y la relativa fortaleza del peso de entonces (2,25 por dólar), cuando empezaron a desembarcar en el país las figuras del exterior, emblematizadas en los argentinos Adolfo Pedernera y Alfredo Di Stéfano que lucieron el uniforme albiazul de Millonarios.

Sin embargo, esas características no duraron más de cinco años: 10 de junio de 1949 a octubre de 1954. Ese fue el periodo delimitado por varios agentes: los jerarcas del fútbol (Conmebol, Fifa, afuera; Adefutbol, Dimayor, adentro) en el Pacto de Lima de 1951 (1), el periodismo nacional y los estudiosos del fútbol que acogieron, para denominar ese lapso, el potente título que circulaba desde entonces para describir el prodigio que estaba aconteciendo: El Dorado.

Una firma consultora, contratada en la dictadura de Rojas Pinilla (1953-1957), confirmó que la marca nacional más conocida en el exterior, para distinguir a Colombia, era “El Dorado”. Por ello el golpista bautizó con ese nombre al aeropuerto internacional que construyó por la misma época. Surge el interrogante ¿quién inventó ese nombre para el torneo de entonces? El locutor Carlos Arturo Rueda (1918-1995) aparece como el principal sospechoso: él es considerado el padre del periodismo deportivo colombiano y el creador del estilo pletórico, desgarrado y agónico del relato radial (Quitián, 2015). Su ingenio para bautizar con apodos a los futbolistas y con motes a las ciudades, en la Vuelta a Colombia, son legendarios.

Una de las hipótesis levantadas en la investigación doctoral “Seleção colombiana de futebol, rádio e nação: os discursos da mídia oral na invenção da pátria no período do Frente Nacional (1958-1974)” (2) es que ese caso –el del nombre de El Dorado- cumple el proceso de “máscara y espejo” al que aludía el antropólogo argentino Eduardo Archetti (2003): en la que se recibe del espejo la proyección artificiosa que se ha emanado. La prensa argentina de la época usaba expresiones como “Pedernera… Di Stéfano al Dorado del fútbol colombiano” (3) en claro eco de lo originado en Colombia. La máscara creada por Carlos Arturo Rueda se nos devolvía con acento tanguero.

Ilustración tomada de la tesis del autor, Programa PPGA, Universidade Federal Fluminense

Registros documentales, consultados como parte de la tesis doctoral, revelan la existencia de equipos completos integrados por deportistas extranjeros; es más, varios de ellos con futbolistas de la misma nacionalidad (como el Cúcuta de 1950 y 1951) o por grupos de jugadores que fueron sonsacados de otros clubes para conformar uno nuevo en Colombia, como el Quindío de 1951, hecho con toda la plantilla del Wanderes argentino (un club aficionado que visitaba el país por entonces), más el Samarios y el Junior del 51 y 52 que se repartieron por mitad al Hungarian que vino de gira desde la patria de los magiares.

La estadística levantada dentro de la investigación revela que 8 de cada 10 futbolistas que participaron en los torneos comprendidos entre 1949 y 1954 fueron foráneos; dándose además un hecho único: la construcción de tradiciones futbolísticas por nacionalidades, según las ciudades; así en Pereira jugaban sólo paraguayos, en Cúcuta solamente uruguayos, los peruanos se dividían entre Cali y Medellín, los argentinos se establecieron en Armenia y Bogotá y los brasileros; quizá porque sólo llegaban futbolistas de Rio de Janeiro, preferían Barranquilla.

Esas tradiciones también fueron cultivadas por algunos clubes: en la capital, el equipo de la Universidad Nacional se especializó en contratar costarricenses y Santa Fe se la jugó por los ingleses; en Cali el Boca Juniors también prefirió a los paraguayos, el Deportivo Cali a los peruanos y el Atlético Nacional (inicialmente llamado Atlético Municipal) fue el único de ese periodo que le apostó a los “puros criollos”.

Eso produjo la mención constante, en la esfera pública, de marcas identitarias nacionales tales como “gauchos”, “guaraníes”, “charrúas”, “La danza del sol”, “magiares” y “cariocas” para referirse, respectivamente, a los argentinos, paraguayo, uruguayos, peruanos, húngaros y brasileros. Otros grupos nacionales que destacaron en ese lustro futbolístico fueron los yugoeslavos, italianos, españoles, ingleses, bolivianos, chilenos y ecuatorianos. Como dato anecdótico se cuenta la presencia de un austriaco y un lituano.

Sin embargo, la mayor presencia forastera se concentra en los tres países que conforman la principal escuela futbolística del cono sur americano: la nación del Rio de la Plata, integrada por Argentina, Paraguay y Uruguay que, en ese orden, abastecieron de artistas del balón y entrenadores al balompié de entonces y desde ahí nunca se fueron de Colombia (4). En la ilustración gráfica que acompaña este texto se puede ver cómo un poco más de la mitad del total de jugadores son albicelestes y una cuarta parte es compuesta por albirrojos y celestes.

Una prueba más de la demografía rioplatense fue ese inédito torneo de selecciones del año 1951, no avalado por Conmebol que calificaba de pirata a la liga colombiana, en el que se enfrentaron cuatro selecciones en un remedo de Copa América. Los cuatro equipos fueron integrados por los futbolistas de Argentina, Paraguay, Uruguay y Colombia que actuaban en el campeonato local.

En cierta medida, ese cuadrangular fue una respuesta criolla a los años de sanción (9 en total) que pagó la Selección Colombia por sanciones de El Dorado y de sus líos internos entre la corriente defensora del amateurismo (descentrada de la capital) y la centralista del profesionalismo. Tensión en la que la lucha por el control local, que era un correlato de la violencia política que caracterizó al país en tres cuartas partes del siglo pasado, retardó el reconocimiento de la jerarquía internacional y la asunción de su normatividad.

Así, la plata abasteció el oro: el Rio de la Plata tributó al Dorado cuyos destellos alcanzaron para que un equipo del torneo nacional, pero en el que sólo alineaba un colombiano, Millonarios de Bogotá, fuese declarado “el mejor club del mundo” al vencer –en España- al Real Madrid en sus bodas de oro (en 1952) y al año siguiente se coronase soberano de la Pequeña Copa del Mundo de clubes celebrada en Caracas. Ahí tenemos dos mitos de cuño colonizador (el de la ciudad de oro sumergida y el de la nación bañada en plata), conjugado con el más contemporáneo –de mayor participación popular- de la riqueza de los pies de obra y de la filigrana de la gambeta.

Después vendrían años difíciles en virtud de la desbandada de extranjeros que estimuló el abandono de los hinchas de los estadios. La liga pasó de tener 18 equipos en 1951 a 10 en 1954 y como estrategia para retener a los futbolistas del exterior se apeló a la nacionalización; sin embargo no alcanzó y el balompié colombiano entraría en un periodo de languidez del que despertó en un segundo Dorado: el del auge del narcotráfico de mediados de los 80’s hasta la mitad de los 90’s, que robusteció su economía con tácticas y consecuencias parecidas: mucho dinero, informalidad tributaria, decenas de estrellas foráneas y al final el escape por la ruptura del modelo.

Y así aterrizamos en la actualidad, con una Selección Colombia que volvió a revivir la euforia popular de los años noventa (el equipo de Maturana, Higuita, Valderrama, Rincón, Asprilla); después de su notable participación en la Copa Brasil 2014 (cuadro de Pékerman, Ospina, Yepes, Cuadrado, James y Falcao) y con el entusiasmo de la afición especializada por el regreso de clubes nacionales a disputar (con Atlético Nacional) copas internacionales y a ganarlas como sucedió con Santa Fe el año pasado en la Copa Sudamericana.

¿Cómo leer la actualidad desde El Dorado? Ese será tema de otros post.

Notas:
1. Acuerdo pactado en un congreso extraordinario de la Conmebol, en 1951, en la ciudad de Lima, en el que los directivos del fútbol colombiano se comprometían a devolver a los jugadores foráneos a sus clubes de origen, sin pagar indemnización, a más tardar en octubre de 1954. Durante ese tiempo Colombia sería desafiliada e impedida de participar en torneos Conmebol y Fifa.
2. Tesis del autor de este post, candidato a doctor en antropología por la Universidad Federal Fluminense, elaborada gracias al apoyo del “Programa Estudiantes- Convênio de Pós -Graduação – PEC-PG, da CAPES/CNPq – Brasil”.
3. Testimonio recogido de la entrevista al periodista radial colombiano, Antonio Pardo García, en la ciudad de Bogotá el día 23/01/2016.
4. De hecho, en un país bajamente integrado con el vecindario, como fue Colombia en el siglo pasado, hubo pocas inmigraciones extranjeras al territorio nacional; destacándose por su poder simbólico la de futbolistas que se radicaron y tuvieron descendencia (Gallo, 2011).

Bibliografía
Quitián, David (2015) “Selección colombiana de fútbol, radio y nación. Apuntes antropológicos”, ponencia presentada en el IV Congreso Latinoamericano de Antropología. Simposio: “Antropología de los deportes en Latinoamérica”, celebrado en Ciudad de México del 07 al 10 de octubre de 2015. Disponible en:
http://www.ala.iia.unam.mx/memorias/simposios/ponenciasok/8/8.%20Selecci%C3%B3n%20colombiana%20de%20futbol.%20David%20Leonardo%20Quiti%C3%A1n%20R..pdf
Archetti, Eduardo (2003). Fútbol, Polo y Tango en Argentina. Buenos Aires: Antropofagia.
Gallo, Álvaro (2011). Inmigrantes a Colombia. Personajes extranjeros llegados a Colombia. Bogotá: impresor Álvaro Gallo.

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