Puerto Rico Olímpico: Soberanía, identidad y colonialismo.

por Antonio Sotomayor
University of Illinois

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El año 2016 para Puerto Rico fue trascendental y servirá como un año clave en su historia política y cultural. Políticamente, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos declaró en dos importantes casos que el Estado Libre Asociado de Puerto Rico carece de autonomía y que es el Congreso de los EEUU el que retiene total soberanía sobre el territorio. También, el Congreso de los EEUU (liderado por el Partido Republicano) y el Presidente Barak Obama (Partido Demócrata) aprobaron el establecimiento de una Junta de Control Fiscal (llamada PROMESA por sus siglas en inglés). Esta Junta, cuyos miembros no fueron electos democráticamente por el pueblo de Puerto Rico, tiene estatutos y provisiones que muchos los consideran como poderes dictatoriales.  En el ámbito cultural me refiero a los deportes. Deportivamente, el año 2016 fue también inolvidable para Puerto Rico, particularmente dentro del Movimiento Olímpico. El 13 de agosto marca el día en que Puerto Rico obtuvo su primera medalla de oro en los Juegos Olímpicos desde que comenzó a participar en 1948. Esta medalla llegó en manos de la tenista Mónica Puig, quien a pesar de estar clasificada #34 en el mundo, derrotó a la clasificada #2 Angelique Kerber (Alemania), después de también derrotar a la doble-campeona de Wimbeldon Petra Kvitová (República Checa) y la campeona del Abierto de Francia Garbiñe Muguruza (España). En declaraciones luego de la victoria, y teniendo en mente la crisis por la cual atraviesa Puerto Rico, Puig dijo “creo que he unido una nación.” Atletas puertorriqueños también se destacaron en el tenis de mesa. Con tan solo 16 años, Adriana Diaz ganó el Abierto de Estados Unidos y está clasificada como la mejor tenimesista de Latinoamérica. Su primo, Brian Afanador, también conquistó suficientes victorias para también colocarse como el mejor tenimesista de Latinoamérica. Ambos fueron miembros de la delegación a los Juegos de Rio 2016.

Estas victorias Olímpicas y deportivas puertorriqueñas contrastan con la crisis económica, social y política que atraviesa Puerto Rico en el presente. Como muy bien señaló Puig, el deporte Olímpico puertorriqueño une a una nación. Esta aseveración podría ser similar en otras naciones latinoamericanas y caribeñas. Pero las de Puerto Rico adquieren un valor diferente, pues ocurren dentro de un estatus político colonial. Oficialmente, Puerto Rico no es parte, pero le pertenece, a los Estados Unidos y sus habitantes adquieren ciudadanía estadounidense al nacer en el territorio. Mientras que el Congreso mantiene poderes plenarios sobre el territorio, los puertorriqueños no pueden enviar representación adecuada al Congreso y no pueden votar por el Presidente de los EEUU. En otras palabras, las victorias le la nación puertorriqueña a nivel internacional se dan bajo una relación oficial y directamente colonial, y por atletas portando la ciudadanía de otro país olímpico. Aunque esta situación olímpica/política no es singular, y se ha dado y ocurre con otros países/naciones (Jamaica entre 1930 y 1966, Taiwán/China Taipéi, Palestina), es única en América Latina. Para una nación olímpica relativamente exitosa como Puerto Rico (de las 41 naciones olímpicas en América Latina y el Caribe, Puerto Rico ocupa la posición número 12), esta situación merece atención y entendimiento. Es decir, Puerto Rico es la única nación de América Latina que tiene soberanía olímpica, sin tener soberanía política.

El tema de las soberanías, tanto olímpica como política, en Puerto Rico es el tema de mi reciente libro titulado “The Sovereign Colony: Olympic Sport, National Identity, and International Politics in Puerto Rico” (Lincoln: University of Nebraska Press, 2016). La historia de cómo los puertorriqueños lograron obtener soberanía olímpica, a pesar de no tener soberanía política es compleja y se debe entender en sus contextos deportivos, culturales, y políticos tanto en Puerto Rico, como en América Latina, Estados Unidos y países en desarrollo. Cuando Estados Unidos invade a Puerto Rico durante la Guerra Hispano-Americana de 1898, los puertorriqueños habían alcanzado una anhelada autonomía de España que protegía los intereses hegemónicos locales de una clase burguesa que se identificaba tan puertorriqueña como española, pero que percibía a los Estados Unidos como el epicentro de modernidad y progreso. No dispuestos a perder el grado de hegemonía local ante el nuevo régimen estadounidense, los puertorriqueños negocian un proceso de Americanización impuesto por el creciente imperio donde aceptan, por ejemplo, un modelo de educación proveniente del norte, incluyendo los deportes, pero rechazan la sustitución del idioma español por el inglés. Béisbol, baloncesto, voleibol, atletismo y muchos otros deportes son adoptados con mucho entusiasmo tanto en las escuelas públicas y recién establecidas universidades, como por el pueblo en general.

Durante los años 1930, un grupo de intelectuales embarcan en un proceso de definición nacional, conocido como la Generación del 30, similar a otros en la región. También, el radical Partido Nacionalista logra ejercer suficiente presión para desestabilizar la colonia desatando violentos enfrentamientos.  En este contexto Puerto Rico entra oficialmente en el Movimiento Olímpico al ser invitado a los Segundos Juegos Centroamericanos y del Caribe en la Habana, Cuba de 1930. Se puede decir que el entusiasmo del deporte olímpico sirvió como una herramienta de estabilización ya que fue apoyado y celebrado por diversos grupos de diferentes ideologías. Pero también desde este comienzo se pueden observar intereses diplomáticos y coloniales de esta participación ya que Puerto Rico representaba a los Estados Unidos dada su condición como territorio no-incorporado y ser ciudadanos estadounidenses. En otras palabras, a los diplomáticos y políticos estadounidenses y puertorriqueños les interesaba la participación de Puerto Rico en eventos mega-deportivos para adelantar una imagen positiva de la influencia estadounidense durante tiempos como los de la política del Buen Vecino. Las mismas razones se pueden observar más adelante en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, movimientos descolonizadores de medio-siglo y la Guerra Fría. También se discutían las posibilidades del turismo y los beneficios económicos que las delegaciones de Puerto Rico podían traer a la isla. Estas razones diplomáticas y económicas protagonizaron las discusiones entre los círculos políticos en Washington y San Juan en torno a si los puertorriqueños podían participar en eventos olímpicos o si debieran tratar de entrar en la delegación estadounidense. Las discusiones aplicaban a todos los eventos olímpicos donde Puerto Rico participó, entiéndase Juegos Centroamericanos y del Caribe (JCAC) desde 1930, Juegos Panamericanos (JPA) desde 1951 (la discusión comienza en 1941) y Juegos Olímpicos (JO) de verano desde 1948.

Las razones diplomáticas y económicas eran ponderadas dentro de una especial alianza tanto del liderato político en el Departamento de Estado de los EEUU, como por los gobernadores, Secretarios de Estado y líderes olímpicos en Puerto Rico (p.ej. Julio Enrique Monagas) y Estados Unidos (p.ej. Avery Brundage). Sin embargo, fueron muchos atletas puertorriqueños que utilizaron el podio olímpico para rechazar colonialismo y dejar evidenciado la existencia inequívoca de la nación. La segunda ocasión donde Puerto Rico participó en los JCAC en El Salvador en 1935, el nacionalista Juan Juarbe Juarbe usó la bandera puertorriqueña (entonces prohibida y símbolo nacionalista) en el desfile inaugural causando la furia del Consulado estadounidense. En su mayoría, estos atletas, a pesar de tener ciudadanía estadounidense, confraternizaron con atletas de otros países latinoamericanos como latinoamericanos, y no necesariamente como estadounidenses. La bandera puertorriqueña que usa hoy en día la delegación se izó por primera vez en los JO en Helsinki en 1952 ante un pequeño, pero emocionado grupo de puertorriqueños que disfrutaron de un sueño hecho realidad. Y es que las razones diplomáticas y/o políticas no explican completamente la existencia olímpica puertorriqueña. El fervor de un pueblo amante de los deportes, a modo cultural, que ve en la delegación olímpica una sagaz fuente de identidad nacional, hace que sea difícil negarle un espacio a Puerto Rico en el umbral de las naciones olímpicas. Desde el 1930, atletas puertorriqueños han sido recibidos como héroes y heroínas nacionales, nutriendo un robusto orgullo nacional.

Por lo tanto, no es de extrañarnos que el recibimiento de Monica Puig en Puerto Rico fue todo un evento de envergadura. Puig fue recibida en el Salón de los Gobernadores del aeropuerto por el gobernador Alejando García Padilla quien dijo orgullosamente que “La Borinqueña sonó en las olimpiadas y nuestra bandera subió a la más alta de las astas.” Dos meses después de la victoria de Puig, los puertorriqueños en sus elecciones generales votaron a favor de un gobernador que aspira a que Puerto Rico se convierta en un estado federado de los EEUU mientras observaron, sin poder participar, en las elecciones en los EEUU. Gran parte de este sector “estadista” afirma que de Puerto Rico ser admitido como estado federado a los EEUU puede mantener su comité olímpico por éste ser una entidad privada y no gubernamental. El debate es complicado, pero la historia es clara. Los comités olímpicos nacionales han estado envueltos tanto en políticas identitarias como estatales, y el caso de Puerto Rico no es diferente. Mientras la discusión casi ya perene de la descolonización de Puerto Rico continúa, la soberanía olímpica de Puerto Rico continúa existiendo en las precarias, pero consistentes, aguas del colonialismo.

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