Deporte y raza en la historia de Puerto Rico

por Antonio Sotomayor

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Javier Culson (en rojo y azul), semifinales 400m con vallas, Juegos Olímpicos de Londres, 2012. (Foto extraída de Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Semi2Finale_1_400hurdlesLondon2012_2.JPG)

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Dios mío, ¿qué pensarán de nosotros, que somos todos negros? Así me respondió una amiga blanca cuando charlamos sobre la medalla de bronce que Javier Culson, un puertorriqueño negro, ganó durante las olimpiadas de verano de Londres en 2012. Mi amiga, muy tierna por naturaleza, decía esto entre risas, pero declarando cierta preocupación. Lamentablemente, este comentario refleja un sentimiento de corte racista muy común entre la sociedad puertorriqueña. Refleja también las complejas dinámicas raciales en la región caribeña y latinoamericana. En sociedades que han tenido profundas historias de diversidad racial y mestizaje, y donde se han desarrollado fuertes ideas de armonía racial, aún perdura un fuerte, si bien enmascarado, racismo. O sea, en América Latina y el Caribe se ha desarrollado la idea de que el “encuentro” de razas, principalmente (pero no exclusivamente) blancas, negras e indígenas, las cuales viniendo de contextos de conquista y esclavitud se han complementado de manera tal que hoy en día viven sin ningún problema aparente. La evaluación racista de Culson, la cual lamentablemente también se ha repetido con otro olímpico puertorriqueño, Jaime Espinal, nos ayuda a visualizar las tonalidades sutiles del racismo caribeño dentro de la celebración de la identidad puertorriqueña. El deporte latinoamericano es un buena ventana para observar esta sutilezas por la alta incidencia de atletas/héroes negros y/o mulatos incluyendo Roberto Clemente, Eugenio Guerra, Javier Sotomayor, Sammy Sosa y Pele entre muchos más. Para atletas femeninas el camino ha sido aún más arduo, dadas las normativas patriarcales de estas sociedades y de los deportes. Este corto ensayo discute principalmente a hombres, y espero en otra ocasión atender el asunto sobre deporte y mujer en Puerto Rico. A continuación presento algunas ideas de cómo el deporte y raza se pueden entender mutuamente.

Aunque algunas sociedades pre-colombinas practicaron juegos, los deportes modernos fueron introducidos en América Latina y el Caribe en la segunda mitad del siglo XIX. Fútbol, o balompié, entró en países como Argentina, Brasil y Uruguay en el último cuarto del siglo XIX, al mismo tiempo que el beisbol, o pelota, entraba en países como Cuba, República Dominicana y Puerto Rico. El último cuarto del siglo XIX también fue una época donde se abolió finalmente el sistema esclavista en Puerto Rico, Cuba y Brasil. A la misma vez, fue el comienzo de nuevas formas de subyugar las poblaciones negras bajo conceptos científicos positivistas como el darwinismo social. El darwinismo social era una teoría científica que argumentaba que tal y como los animales, los humanos están atados a las mimas leyes de selección natural. La teoría expone que algunas razas están predispuestas a sobrevivir mejor que otras, lo que ayudó a explicar el por qué la raza blanca dominaba a las demás. Esta teoría llevó a desarrollar el “racismo científico” a lo largo del mundo, lo cual ayudó a justificar el imperialismo europeo y estadounidense. Por lo tanto, los países europeos y Estados Unidos se percibían como mejores, más fuertes, más inteligentes y destinados a dominar. El historiador Mark Dyerson demostró cómo las llamadas “Olimpiadas Salvajes” o “Días Antropológicos” durante las Olimpiadas de 1904 en St. Louis sirvieron a los organizadores para mostrar la superioridad blanca al poner a competir un grupo de aborígenes en deportes europeos.[1] Los aborígenes, quienes nunca habían practicado estos juegos, más que nada tropezaron en el campo de juego, “evidenciando” superioridad blanca. En realidad, esto fue sencillamente un espectáculo predeterminado a fracasar para legitimar presupuestos seudocientíficos y racistas.

El darwinismo social estuvo muy presente tanto en el olimpismo como en los deportes como el fútbol y el beisbol. Ambos deportes se practicaron en América Latina y el Caribe desde los años 1860 y siempre atados a las clases altas y blancas en conexión con esferas elites estadounidenses o inglesas, intercambios educativos y/o visitas de marinos de guerra. Una institución imprescindible en el desarrollo de los deportes en Puerto Rico y en otros países de la región fue la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA por sus siglas en inglés). La YMCA ya tenía Secretarías en Argentina, Brasil, Uruguay y México, cuando entró en Puerto Rico y Cuba durante la Guerra Hispanoamericana de 1898. Entrando con las tropas del ejército invasor americano, los líderes de la YMCA siempre buscaron asociarse con las altas esferas de la administración colonial en Puerto Rico.[2] Esta institución religiosa-recreativa se organizaba bajo las políticas segregacionistas y racistas de la época y solo admitía jóvenes blancos. En Puerto Rico, la YMCA tuvo que lidiar con una población caribeña mulata y dejó un importante legado, no solamente al introducir deportes como el baloncesto y el volibol, sino al asociar estos deportes con ideologías racistas. En uno de sus primeros informes, el Director Atlético de la YMCA, Alfred F. Grimm, describió al puertorriqueño común en términos racistas de darwinismo social usando el siguiente lenguaje:

“Será interesante primeramente saber algo sobre el tipo de jóvenes y chicos que buscamos. El puertorriqueño promedio físicamente es unas dos pulgadas más bajo y pesa unas trece libras menos que el joven americano promedio. Él tiene manos y pies pequeños, hombros más bien estrechos y una cabida pectoral mucho más pequeña.”[3]

Mientras estas características colocaban al joven puertorriqueño en un grado inferior al estadounidense, al menos los puertorriqueños blancos eran considerados blancos. Grimm añadió, “los que son miembros de nuestra asociación son blancos, de origen español o español-indio.” Nótese que para justificar aquellos puertorriqueños blancos que se veían no tan blancos, la mezcla era con indios, no negros, a pesar de que la presencia taína en el siglo XX en Puerto Rico era mínima en comparación con la negra y la mulata. Con una grande, visible y activa población afro-puertorriqueña, la YMCA, una de las instituciones deportivas más influyentes en la historia de Puerto Rico, colocó a esta población al fondo de la escala social, en efecto ignorándola. Aunque esto no nos debe sorprender, dado el carácter segregacionista de la institución, nos deja ver los comienzos racistas del deporte institucionalizado en Puerto Rico.

Muchos líderes deportivos puertorriqueños pertenecieron o se beneficiaron de los programas deportivos de la YMCA. Algunos de ellos fueron Facundo Bueso, Hiram Bithorn, Emilio y Enrique Huyke, Frank Campos, y Rafael Pont Flores, todos blancos. Muchos de estos hombres también estaban envueltos en deportes internacionales, incluyendo el Movimiento Olímpico. De hecho, muchos de los primeros atletas olímpicos puertorriqueños pertenecieron a la YMCA o cursaron estudios en la Universidad de Puerto Rico, cuyos programas atléticos también estaban muy influenciados por la YMCA. Estos atletas olímpicos eran de diferentes razas, pero estaban informalmente divididos por deportes. Durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe del 1930, la delegación de pista y campo tenía atletas blancos como Manuel Luciano y Juan Juarbe Juarbe junto a atletas negros como Eugenio Guerra y Andres Rosado. Pero el tenis estaba compuesto por atletas blancos (Manuel Ángel Rodríguez y Jorge Julia) mientras el equipo de tiro estaba compuesto casi completamente por atletas blancos. En los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1935 los equipos de tiro, baloncesto y voleibol (los últimos dos deportes traídos por la YMCA) estaban compuestos por jugadores blancos o de tez clara.

El standard de excelencia deportiva residiendo en tonalidades blancas perdura tercamente en el imaginario deportivo y en la celebración del deporte puertorriqueño. No cabe la menor duda que uno de los atletas puertorriqueños más celebrados, un verdadero héroe y mártir puertorriqueño, lo fue Roberto Clemente. Roberto Clemente figura como el portaestandarte de los héroes deportivos puertorriqueños y es reconocido como tal. Sin embargo, cuando miramos a otras grandes figuras negras del deporte puertorriqueño notamos menor glorificación. Por ejemplo, aunque se le conoce como el Padre del Olimpismo Puertorriqueño, el mulato ponceño Julio Enrique Monagas no es tan reconocido como otras figuras. Monagas, aunque ciertamente una figura controvertible,[4] fue la segunda persona de las Américas en ganar la medalla olímpica del Comité Olímpico Internacional en 1984. Para Monagas no hay ningún monumento o ningún parque de alto reconocimiento que lleve su nombre. Hay parques de menor reconocimiento que llevan su nombre en Ponce, Bayamón y Caguas, pero ninguno en San Juan o de alta envergadura. Lo mismo se puede decir de Eugenio “El Trinitario” Guerra, uno de los más prolíficos atletas del deporte puertorriqueño, promotor deportivo y editor. No hay ningún parque que lleve su nombre, aunque sí está la Escuela de la Comunidad Especializada en Deportes Eugenio Guerra Cruz en el Albergue Olímpico de Puerto Rico. Cuando vemos los espacios deportivos más importantes en Puerto Rico lo que nos viene a la mente son los nombres de hombres blancos o de tez clara, Estadio Hiram Bithorn, Parque Luis Muñoz Rivera, Estadio Paquito Montaner, Parque Sixto Escobar, Estadio Juan Pachín Vicéns, Coliseo Arquelio Torres Ramírez, entre otros. Ausentes de estas celebraciones son atletas/líderes deportivos negros o mulatos como Monagas y Guerra, pero también Juan Evangelista Venegas (primer medallista olímpico de Puerto Rico [bronce] en boxeo en Londres 1948), Teófilo Cruz (primer baloncelista en el mundo en competir en cinco olimpiadas), y más recientemente Félix “Tito” Trinidad.

El hecho de que los héroes del deporte puertorriqueño incluyan tantos atletas blancos o claros, a pesar de ser un país caribeño con una fuerte e importante población negra y mulata, se puede explicar por el tradicional acceso privilegiado de la población blanca a las instituciones elites urbanas como la YMCA y las tradicionales conexiones del deporte en general a las elites blancas. A medida de que los deportes se expandieron a través de toda la población, negros y mulatos también comenzaron a tener éxitos deportivos y a tomar puestos de liderato. Sin embargo, como sugiere la memoria colectiva deportiva, y como he mostrado en estos breves ejemplos, la celebración de los atletas blancos y el rechazo o ignorancia de los atletas negros o mulatos ha sido constante. La base racista de los deportes modernos aún siga viva y continúa complicando cómo un país y una cultura se mira y se celebra a sí misma.

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[1] Dyreson, Marc. “Prolegomena to Jesse Owens: American Ideas About Race and Olympic Races from the 1890s to the 1920s. The International Journal of the History of Sport 25, 2 (February 2008): 229-232.

[2] Para un análisis profundo de la YMCA en Puerto Rico ver Sotomayor, Antonio. “The Triangle of Empire: Sport, Religion, and Imperialism in Puerto Rico’s YMCA, 1898-1926.” The Americas: A Quarterly Review of Latin American History (a publicarse en 2017/18).

[3] Grimm, Alfred F. “Report of the Physical Director of the San Juan YMCA, 1915-1916,” 1. Y.USA.9-2-26. YMCA International Work in Puerto Rico. Box #1. Correspondence and Report Letters, 1908-1915. Kautz Family YMCA Archives, University of Minnesota Libraries.

[4] Ver Sotomayor, Antonio, “Un parque para cada pueblo: Julio Enrique Monagas and the Politics of Sport and Recreation in Puerto Rico during the 1940s.” Caribbean Studies 42, 2 (July-December 2014): 3-40.

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