Corridas de toros en Montevideo durante la dominación portuguesa (1823)

por Gastón Laborido (gaston_laborido1@hotmail.com)

Sociedad y animales en el siglo XIX: espectáculos sangrientos

Durante el siglo XIX, Montevideo tuvo diversas actividades recreativas y algunas de ellas incluían el empleo de animales. Las prácticas de entretenimiento de una sociedad permiten la comprensión de la dinámica social de una población y puede ser muy útil para la comprensión histórica de la estructura socio-cultural de una época.

En el caso montevideano, eran espectáculos muy recurrentes que aglomeraban a muchas personas. Varios de ellos se caracterizaban por el castigo físico tanto con hombres como con animales. De alguna manera era el reflejo de una sociedad marcada por el espectáculo de la sangre y la muerte, que estaban en todos lados. El historiador José Pedro Barrán (2021) describió la sensibilidad del 1800 a 1860  como la “cultura bárbara” y enfatizó en la cuestión del castigo del cuerpo. En este sentido, afirma que “el castigo también incluyó el cuerpo de los animales, sirviendo con frecuencia el hecho mismo de espectáculo y diversión pública” (Barrán, J. P.; 2021, p. 79).

Parte de la diversión de la época colonial, se daba a partir de actividades como las corridas de toros. La primera plaza de toros de Montevideo se construyó en el año 1776. Los españoles eran muy aficionados a los toros y se quiso utilizar ese divertimiento en beneficio de la compostura de las calles que carecían completamente de empedrado. Este citado escenario, construido totalmente en madera y de forma octogonal, subsistió hasta 1780. En 1789 se levantó otro recinto en la Plaza Matriz que duró hasta 1790. Más tarde en un circo levantado en la calle mercado se llegaron a celebrar hasta 122 espectáculos.

Pasaron algunos años sin que volviera a repetirse esa clase de espectáculos, pero en la primera mitad del siglo XIX aparecieron dos plazas de toros: una de ellas en la Plaza Matriz en 1823 (en aquel momento centro de la ciudad), durante la dominación portuguesa. La otra, construida luego de la independencia del territorio Oriental en 1835 en la zona del Cordón. 

La dominación portuguesa y las festividades

Hacia agosto de 1816 comenzaron a cristalizarse los deseos portugueses de instalarse en Montevideo, cuando Carlos Frederico Lecor comandó la invasión con un ejército de unos 5.000 hombres, logrando ingresar a Montevideo en enero de 1817. Luego de tres años de lucha contra el ejército artiguista, los portugueses lograron controlar el territorio Oriental con Lecor a la cabeza. El proceso revolucionario iniciado en 1811 y comandado por José Gervasio Artigas, culminó en 1820 con la derrota del proyecto artiguista. Ya sin recursos y sin hombres, Artigas se retiró al Paraguay en setiembre de 1820 y desapareció de la vida política de la región.

En julio de 1821 se convocó a un Congreso en Montevideo, que votó la incorporación de la provincia al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, con el nombre de Provincia Cisplatina. Esta opción fue apoyada por personas de gran peso económico y político, es decir, aquellas que ocupaban importantes cargos en el gobierno, la administración, la justicia, el ejército y las fuerzas militares. “Formaban parte del Club del Barón, nombrado así por el título de Barón de la Laguna concedido a Lecor en 1818, y habían recibido en ese tiempo títulos y distinciones, estancias, ganados y privilegios mercantiles” (Frega, A.; 2016, p. 55-56).  

Durante la dominación portuguesa se reanudaron los espectáculos taurinos en Montevideo en el año 1823. En este caso se celebró la proclamación de la Constitución Portuguesa aprobada en Oporto el 23 de setiembre de 1822. Si bien Brasil proclamó su independencia el 7 de setiembre de 1822, la guarnición portuguesa de Montevideo continuó siendo fiel a Portugal y recién entregó la ciudad a los brasileños en febrero de 1824, comandados por el mismo Lecor.

Tres días duraron los festejos, para los cuales se construyó un tablado en el centro de la Plaza y algunos palcos a los lados para los espectadores de más distinción. (De María, I., 1957, p. 42).

Los toros entraron en el programa de las fiestas públicas de 1823 y la propia Plaza Matriz fue acondicionada a tales efectos. Esta plaza ubicada entre las actuales calles Sarandí, Ituzaingó, Juan Carlos Gómez y Rincón, sirvió de ámbito físico, instalándose las autoridades en el piso superior del Cabildo y Reales Cárceles a fin de presenciar apropiadamente la acción.

Por de contado, la plaza estaba llena de espectadores. Las azoteas, los tejados y los balcones cubiertos de gente. Los del Cabildo los ocupaba el Gobernador, jefes de alta graduación, los cabildantes y otras personas distinguidas. (De María, I., 1957, p. 43).

Los festejos incluían diversas actividades, tal como narra el escritor, historiador, periodista, político y pedagogo uruguayo, Isidoro de María (1815-1906), quien en sus crónicas recogidas en Montevideo Antiguo nos pinta parte de esa realidad:

Hubo comparsas que danzaron en el tablado. Recordamos una en traje de indios, con plumas rosadas ceñidas a la cintura y la cabeza, adheridas a un cinto de galón plateado. Otra de coraza, otra de viejos, con especie de miriñaque formado de arcos de barrica, y otra de oficiales dirigida por el renombrado actor Casacuberta. (De María, I., 1957, p. 42-43).

El tercer día fue el momento de los toros. Desde la noche anterior se arregló la plaza para lidiarlos. Todos los preparativos se hicieron bajo la dirección de Balbín y Vallejo, antiguo y respetable vecino de Montevideo.  

En la realización de estas fiestas públicas se percibe una herencia portuguesa de las festividades reales promovidas en el Brasil colonial. En este sentido, el historiador Victor Andrade de Melo (2013) analizó esas actividades en el caso de Río de Janeiro, tratándose de las más comunes y de mayor popularidad durante el período 1763-1822. Para el caso de Brasil, las festividades taurinas coloniales eran

Organizadas para celebrar datas importantes da Coroa portuguesa, evidenciavam a centralidade do monarca, tendo por intuito acirrar os vínculos de fidelidade com a metrópole. Tratava-se claramente de uma estratégia de controle, de exercício da soberania, a partir de uma exposição simbólica do poder monárquico, que incorporava e unifi cava o religioso e o político. (Melo; 2013, p. 366).

En el caso de las festividades por la Constitución Portuguesa había una clara intención de reivindicar a Portugal, mientras que Brasil ya había comenzado su vida independiente en setiembre de 1822.

El espectáculo taurino de 1823 presentaba estas características:

Se formó de tablazón un gran cuadro en la plaza. En el costado del sud se construyó el toril. Los toros eran embolados. A la voz popular de salga el toro, le daban salida y empezaba la cuadrilla la fiesta. Se componía únicamente de banderilleros y capeadores. No había picador, ni espada. Cada tumbo que llevaban los capeadores era una algazara. (De María, I., 1957, p. 43).

Para hacer la diversión más entretenida, se colocaba un muñeco en medio de la plaza, para que el toro lo embistiese. Dentro de una pipa vacía, se metía un hombre y el toro lo llevaba rodando a topadas con el viviente dentro. A la voz de ¡a la uña!; ¡a la uña! dada por los portugueses, cargaban todos sobre el toro y lo despachaban.

Como para fin de fiesta, un criollo, de apellido Trujillo, apareció en el circuito cabalgando en otro, con sus grandes espuelas redomonas, resistiendo los corcovos del alazán, como jinete famoso. (De María, I., 1957, p. 43).

Después de las festividades de 1823 y por tratarse de años convulsionados en el tramo final de las guerras de independencia, hubo que esperar hasta 1835, cuando comenzó la vida institucional del Estado Oriental del Uruguay, para volver a presenciar corridas de toros. Fueron de gran difusión antes y después de la independencia. 

Posiblemente esta interrupción está relacionada a la resistencia que presentaron los orientales a la anexión del territorio como parte de Portugal. Una manifestación de ello fue el intento de revolución que protagonizó en 1823 la asociación secreta de patriotas denominada “Los Caballeros Orientales”. Muchos debieron exiliarse en Buenos Aires, desde donde prosiguieron los trabajos revolucionarios que lograron concretar en 1825.

Referencias:

  • ALONSO, Rosa; SALA, Lucía; DE LA TORRE, Nelson y RODRÍGUEZ, Julio Carlos (1970). La oligarquía oriental en la Cisplatina. Montevideo: Ediciones Pueblos Unidos.
  • BARRÁN, José Pedro (2021). Historia de la sensibilidad en el Uruguay. Montevideo: Banda Oriental.
  • BARRIOS PINTOS, Aníbal (1971). Montevideo. Los barrios (I). Montevideo: Nuestra Tierra. 
  • BRACCO, Diego (2006). Apuntes para la historia de la tauromaquia en Uruguay. En: Revista de Estudios taurinos; v. 1 (n° 22), Murcia (pp. 203-247). 
  • BUZZETTI, José y GUTIÉRREZ CORTINAS, Eduardo (1965). Historia del deporte en el Uruguay (1830-1900). Montevideo: Ed. De los autores.
  • DE MARÍA, Isidoro (1957). Montevideo Antiguo. Tomo I. Montevideo: Biblioteca Artigas.
  • FREGA, Ana (2016). La vida política. En: G. Caetano (Dir.) y A. Frega (Coord.), Uruguay. Revolución, Independencia y construcción del Estado (pp. 31-85). Montevideo: Planeta.
  • GOMENSORO, Arnaldo (2015). Historia del Deporte, la Recreación y la Educación Física en Uruguay. Crónicas y relatos. Montevideo: IUACJ.
  • MELO, Victor Andrade de (2013). As touradas nas festividades reais do Rio de Janeiro colonial. En: Horizontes Antropológicos; v. 19 (n° 40), Porto Alegre (pp. 365-392). 

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