El Dorado: un bocado internacional con sabor rioplatense

07/03/2016

Por:
Texto: David Quitián
Diseño gráfico: Omar Franco

Antes que las ligas italiana, inglesa y española internacionalizan sus nóminas -con futbolistas de diferentes países y continentes- hubo un torneo nacional que reunió jugadores y entrenadores de 18 naciones distintas y tuvo árbitros oriundos de seis patrias diferentes. Ese fue el campeonato de balompié colombiano, uno de los últimos en profesionalizarse en Sudamérica (año 1948), que tuvo otras singularidades como el sorprendente número de ciudades que integró desde sus inicios (seis en su primera edición) y su desarrollo en medio de la violencia política que asolaba a Colombia.

Otra particularidad fue el contexto en el que se generó: en medio de la agitación popular por causa del magnicidio de la principal figura del populismo colombiano, Jorge Eliécer Gaitán, asesinado en Bogotá en 1948. “El 9 de abril” –como sería conocido por el pueblo- o “El bogotazo” como lo bautizaron las élites atizó, a escala de todo el país, la contienda entre liberales y conservadores. Cuatro meses después, se inaugura el torneo nacional con algunas contrataciones de extranjeros que ya rondaban por las canchas y equipos semi-profesionales de Bogotá, Cali, Medellín, Manizales, Barranquilla y Pereira, que fueron las villas anfitrionas del puntapié inaugural.

Pero sería desde junio de 1949, aprovechando la huelga de jugadores de Argentina (que afectaba a jugadores uruguayos, paraguayos y peruanos), la informalidad tributaria de Colombia -sumada a su desconocimiento de la normatividad internacional de transferencias clubísticas- y la relativa fortaleza del peso de entonces (2,25 por dólar), cuando empezaron a desembarcar en el país las figuras del exterior, emblematizadas en los argentinos Adolfo Pedernera y Alfredo Di Stéfano que lucieron el uniforme albiazul de Millonarios.

Sin embargo, esas características no duraron más de cinco años: 10 de junio de 1949 a octubre de 1954. Ese fue el periodo delimitado por varios agentes: los jerarcas del fútbol (Conmebol, Fifa, afuera; Adefutbol, Dimayor, adentro) en el Pacto de Lima de 1951 (1), el periodismo nacional y los estudiosos del fútbol que acogieron, para denominar ese lapso, el potente título que circulaba desde entonces para describir el prodigio que estaba aconteciendo: El Dorado.

Una firma consultora, contratada en la dictadura de Rojas Pinilla (1953-1957), confirmó que la marca nacional más conocida en el exterior, para distinguir a Colombia, era “El Dorado”. Por ello el golpista bautizó con ese nombre al aeropuerto internacional que construyó por la misma época. Surge el interrogante ¿quién inventó ese nombre para el torneo de entonces? El locutor Carlos Arturo Rueda (1918-1995) aparece como el principal sospechoso: él es considerado el padre del periodismo deportivo colombiano y el creador del estilo pletórico, desgarrado y agónico del relato radial (Quitián, 2015). Su ingenio para bautizar con apodos a los futbolistas y con motes a las ciudades, en la Vuelta a Colombia, son legendarios.

Una de las hipótesis levantadas en la investigación doctoral “Seleção colombiana de futebol, rádio e nação: os discursos da mídia oral na invenção da pátria no período do Frente Nacional (1958-1974)” (2) es que ese caso –el del nombre de El Dorado- cumple el proceso de “máscara y espejo” al que aludía el antropólogo argentino Eduardo Archetti (2003): en la que se recibe del espejo la proyección artificiosa que se ha emanado. La prensa argentina de la época usaba expresiones como “Pedernera… Di Stéfano al Dorado del fútbol colombiano” (3) en claro eco de lo originado en Colombia. La máscara creada por Carlos Arturo Rueda se nos devolvía con acento tanguero.

Ilustración tomada de la tesis del autor, Programa PPGA, Universidade Federal Fluminense

Registros documentales, consultados como parte de la tesis doctoral, revelan la existencia de equipos completos integrados por deportistas extranjeros; es más, varios de ellos con futbolistas de la misma nacionalidad (como el Cúcuta de 1950 y 1951) o por grupos de jugadores que fueron sonsacados de otros clubes para conformar uno nuevo en Colombia, como el Quindío de 1951, hecho con toda la plantilla del Wanderes argentino (un club aficionado que visitaba el país por entonces), más el Samarios y el Junior del 51 y 52 que se repartieron por mitad al Hungarian que vino de gira desde la patria de los magiares.

La estadística levantada dentro de la investigación revela que 8 de cada 10 futbolistas que participaron en los torneos comprendidos entre 1949 y 1954 fueron foráneos; dándose además un hecho único: la construcción de tradiciones futbolísticas por nacionalidades, según las ciudades; así en Pereira jugaban sólo paraguayos, en Cúcuta solamente uruguayos, los peruanos se dividían entre Cali y Medellín, los argentinos se establecieron en Armenia y Bogotá y los brasileros; quizá porque sólo llegaban futbolistas de Rio de Janeiro, preferían Barranquilla.

Esas tradiciones también fueron cultivadas por algunos clubes: en la capital, el equipo de la Universidad Nacional se especializó en contratar costarricenses y Santa Fe se la jugó por los ingleses; en Cali el Boca Juniors también prefirió a los paraguayos, el Deportivo Cali a los peruanos y el Atlético Nacional (inicialmente llamado Atlético Municipal) fue el único de ese periodo que le apostó a los “puros criollos”.

Eso produjo la mención constante, en la esfera pública, de marcas identitarias nacionales tales como “gauchos”, “guaraníes”, “charrúas”, “La danza del sol”, “magiares” y “cariocas” para referirse, respectivamente, a los argentinos, paraguayo, uruguayos, peruanos, húngaros y brasileros. Otros grupos nacionales que destacaron en ese lustro futbolístico fueron los yugoeslavos, italianos, españoles, ingleses, bolivianos, chilenos y ecuatorianos. Como dato anecdótico se cuenta la presencia de un austriaco y un lituano.

Sin embargo, la mayor presencia forastera se concentra en los tres países que conforman la principal escuela futbolística del cono sur americano: la nación del Rio de la Plata, integrada por Argentina, Paraguay y Uruguay que, en ese orden, abastecieron de artistas del balón y entrenadores al balompié de entonces y desde ahí nunca se fueron de Colombia (4). En la ilustración gráfica que acompaña este texto se puede ver cómo un poco más de la mitad del total de jugadores son albicelestes y una cuarta parte es compuesta por albirrojos y celestes.

Una prueba más de la demografía rioplatense fue ese inédito torneo de selecciones del año 1951, no avalado por Conmebol que calificaba de pirata a la liga colombiana, en el que se enfrentaron cuatro selecciones en un remedo de Copa América. Los cuatro equipos fueron integrados por los futbolistas de Argentina, Paraguay, Uruguay y Colombia que actuaban en el campeonato local.

En cierta medida, ese cuadrangular fue una respuesta criolla a los años de sanción (9 en total) que pagó la Selección Colombia por sanciones de El Dorado y de sus líos internos entre la corriente defensora del amateurismo (descentrada de la capital) y la centralista del profesionalismo. Tensión en la que la lucha por el control local, que era un correlato de la violencia política que caracterizó al país en tres cuartas partes del siglo pasado, retardó el reconocimiento de la jerarquía internacional y la asunción de su normatividad.

Así, la plata abasteció el oro: el Rio de la Plata tributó al Dorado cuyos destellos alcanzaron para que un equipo del torneo nacional, pero en el que sólo alineaba un colombiano, Millonarios de Bogotá, fuese declarado “el mejor club del mundo” al vencer –en España- al Real Madrid en sus bodas de oro (en 1952) y al año siguiente se coronase soberano de la Pequeña Copa del Mundo de clubes celebrada en Caracas. Ahí tenemos dos mitos de cuño colonizador (el de la ciudad de oro sumergida y el de la nación bañada en plata), conjugado con el más contemporáneo –de mayor participación popular- de la riqueza de los pies de obra y de la filigrana de la gambeta.

Después vendrían años difíciles en virtud de la desbandada de extranjeros que estimuló el abandono de los hinchas de los estadios. La liga pasó de tener 18 equipos en 1951 a 10 en 1954 y como estrategia para retener a los futbolistas del exterior se apeló a la nacionalización; sin embargo no alcanzó y el balompié colombiano entraría en un periodo de languidez del que despertó en un segundo Dorado: el del auge del narcotráfico de mediados de los 80’s hasta la mitad de los 90’s, que robusteció su economía con tácticas y consecuencias parecidas: mucho dinero, informalidad tributaria, decenas de estrellas foráneas y al final el escape por la ruptura del modelo.

Y así aterrizamos en la actualidad, con una Selección Colombia que volvió a revivir la euforia popular de los años noventa (el equipo de Maturana, Higuita, Valderrama, Rincón, Asprilla); después de su notable participación en la Copa Brasil 2014 (cuadro de Pékerman, Ospina, Yepes, Cuadrado, James y Falcao) y con el entusiasmo de la afición especializada por el regreso de clubes nacionales a disputar (con Atlético Nacional) copas internacionales y a ganarlas como sucedió con Santa Fe el año pasado en la Copa Sudamericana.

¿Cómo leer la actualidad desde El Dorado? Ese será tema de otros post.

Notas:
1. Acuerdo pactado en un congreso extraordinario de la Conmebol, en 1951, en la ciudad de Lima, en el que los directivos del fútbol colombiano se comprometían a devolver a los jugadores foráneos a sus clubes de origen, sin pagar indemnización, a más tardar en octubre de 1954. Durante ese tiempo Colombia sería desafiliada e impedida de participar en torneos Conmebol y Fifa.
2. Tesis del autor de este post, candidato a doctor en antropología por la Universidad Federal Fluminense, elaborada gracias al apoyo del “Programa Estudiantes- Convênio de Pós -Graduação – PEC-PG, da CAPES/CNPq – Brasil”.
3. Testimonio recogido de la entrevista al periodista radial colombiano, Antonio Pardo García, en la ciudad de Bogotá el día 23/01/2016.
4. De hecho, en un país bajamente integrado con el vecindario, como fue Colombia en el siglo pasado, hubo pocas inmigraciones extranjeras al territorio nacional; destacándose por su poder simbólico la de futbolistas que se radicaron y tuvieron descendencia (Gallo, 2011).

Bibliografía
Quitián, David (2015) “Selección colombiana de fútbol, radio y nación. Apuntes antropológicos”, ponencia presentada en el IV Congreso Latinoamericano de Antropología. Simposio: “Antropología de los deportes en Latinoamérica”, celebrado en Ciudad de México del 07 al 10 de octubre de 2015. Disponible en:
http://www.ala.iia.unam.mx/memorias/simposios/ponenciasok/8/8.%20Selecci%C3%B3n%20colombiana%20de%20futbol.%20David%20Leonardo%20Quiti%C3%A1n%20R..pdf
Archetti, Eduardo (2003). Fútbol, Polo y Tango en Argentina. Buenos Aires: Antropofagia.
Gallo, Álvaro (2011). Inmigrantes a Colombia. Personajes extranjeros llegados a Colombia. Bogotá: impresor Álvaro Gallo.

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Identidades, nacionalismos y fútbol en América Latina: táctica y estrategia de una tradición dentro de una novedad

11/05/2014

“La patria es la selección”

Albert Camus

Na companhia de mais três pesquisadores colombianos (Efraín Serna, Guillermo Montoya y Alejandro Villanueva), nós publicamos pela editorial Kinesis o livro: “Naciones en campo: fútbol, identidades y nacionalismos en América Latina” que contem contribuições de académicos de nove nações da região latino-americana: México, Costa Rica, Equador, Venezuela, Argentina, Uruguai, Chile, Brasil y Colômbia. Como um presente para os leitores desde blog, eu compartilho uma versão da introdução da obra de minha autoria. 

La nación imaginada en clave de gol. La cultura sintetizada en 90 minutos y en ese “tercer tiempo” que es la reposición que ata el pitazo final de un juego con el primer minuto del próximo. Metáfora y metonimia y quizá también hipérbole y pleonasmo. El fútbol no sólo encarnó con relativo éxito la modernidad de los grandes relatos; para este caso el del mito fundacional de la patria, sino que se convirtió en su propia criptonita: no existe nada más volátil, efímero, fugaz, que la narrativa futbolera (Carrión, 2006; Quitián 2009). Un club se reinventa –en las redacciones de los periódicos, en los muros de Facebook, en las conversaciones de bar – fecha tras fecha de la liga local.

Capa do livro: "Naciones en campo: fútbol, identidades y nacionalismos en América Latina"

Capa do livro: “Naciones en campo: fútbol, identidades y nacionalismos en América Latina”

Pero ¿Es posible que él resuma la nación? El periodismo escrito –desde el ecuador del siglo XIX- fue el primero en coquetearle a esta idea, desde que se dio cuenta de su susceptibilidad para ser narrado. Claro que esa cualidad aplicaba para casi todos los deportes; sólo que ninguno se difundió tan rápido y se hizo tan popular como el soccer que partió aguas con el rugby que no proscribió el uso de las manos. Otro detalle incidió en su asimilación con villas, pueblos y naciones: era práctica colectiva, implicaba la conformación de equipos. La sumatoria de personalidades que conformaban una entidad superior denominada club y más adelante, también, selección nacional.

Esa creación de un súper-yo deportivus –el club- excedía en mucho la mimesis que suponía el boxeo o el ciclismo, por citar dos deportes clásicos y populares del siglo de oro de los deportes que va desde la mitad de la centuria del 19 a la del 20. Por los cuadriláteros la nación apenas se asoma: la historia se puede acabar por vía del nocaut y está condenada al olvido con el declive o el retiro del pugilista. Igual pasa con el ciclismo: difícil es construir un relato grupal a partir de valores individuales. Una etapa, clásica o vuelta depende, para su inmortalidad, del oxígeno nemotécnico de una leyenda a prueba de amnesia(1). Casos ha habido (Pambelé y los “escarabajos” encabezados por Lucho Herrera en Colombia), pero son contadas excepciones que validan la regla (Quitián, 2010).

Quizás ayude a entender mejor el porqué de su capacidad para fungir como sucedáneo de la patria, el que consideremos su naturaleza original: el fútbol, como todos los deportes, es expresión estamental. En otras palabras, surgió como producto de una identidad gremial, de una clase social, de un “habitus” singular de una franja poblacional específica. Su cuna es eugenésica, noble y cortesana. De rebote su asunción, su práctica, es factor de distinción. Jugarlo implicaba marcar una diferencia entre el caballero y el plebeyo. Entre el sportmen y el burgués. Entre el gentleman y el villano. Entre el que se jactaba de cultivar su cuerpo y quienes estaban obligados a cultivar la tierra. Junto a Pierre Bourdieu (2004), Marcel Mauss explica con mayor lucidez este escenario de variedad cultural, en su ensayo sobre las técnicas corporales (1979).

Al contener valores de clase, al ser piel que circunscribe un corpus cosmogónico que –para sus inicios- oponía el fair play feudal al librecambismo de la burguesía y la hidalguía de la Corte al paganismo rural, el football asume también un carácter civilizador que ya no solamente pretende diferenciar las gentes de la metrópoli, sino también los pueblos obligados a jurar lealtad bajo la divisa de la Union Jack. Ese proceso, detallado por Norbert Elias (1996), que atribuye al deporte la aparición del parlamento y que sofistica la idea de Clausewitz (2008) de considerar la guerra como “la política por otros medios” y la transforma en “el deporte es la política (o la guerra) por otras vías” (Elias, 1996: 49), tiene como co-relatos la introducción del sport (el deporte) en los territorios que después se erigirían como repúblicas modernas en representación de antiguos pueblos.

Este proceso ha sido ampliamente detallado por periodistas, historiadores y otros cientistas sociales que recrean cómo los discursos higienistas, civilizatorios y de mejora de la raza –del fin del diecinueve y la primera mitad del veinte- vinieron empaquetados en las narrativas del deporte. Ya el sport no solamente contenía el genoma cultural de una clase social que debía alcanzar el sueño de Emerson de que todo “británico fuese un potencial embajador de la Corona”, sino que era el elemento sine qua non imaginado para esa otra gran invención: la civilización Occidental. Por supuesto que esta retórica responde a una ideología de época, régimen y clase; no obstante sus expresiones discursivas (y prácticas), sus desarrollos y alcances fueron desiguales y hasta contradictorios según sea el lugar donde pretendió implementarse con variados niveles de violencia real y simbólica.

Así las cosas, el sport (después se españolizó como deporte y se brasilerizó esporte) entrañaba no sólo una magnífica metáfora de la sociedad del epílogo del siglo XIX: por un lado de la fraternidad estamental de sires y lores; por otro de la distribución de tareas y la asunción de responsabilidades (propias de la transición de la factoría a la industria); así como de la abnegación por el trabajo de la ética protestante y –en general- de la concepción funcional (orgánica) de la sociedad que recompensaba el trabajo en equipo.  Pero al mismo tiempo, respondía a una estrategia de gobierno imperial y de política de Estado: expresaba un ideal civilizatorio escenificado en las personas que disponían de tiempo suficiente para cultivar destrezas mentales y corporales, las que superaban los límites del espíritu forzando las fronteras físicas, pregonando siempre una actitud nobiliaria: la del juego limpio, con la que se despreciaba tanto el triunfo como la derrota en pro del respeto al estatus quo del reglamento que equivalía a la armonía del orden social.

Símil de sociedad y táctica biopolítica. Pero también corpus identitario y según los estudiosos del tema de su difusión en Argentina y Brasil, elemento narrativo de las propias naciones ¿Cómo fue posible ello? ¿Cómo la nación puede relatarse al ritmo de la gambeta, la pared y el gol? Para el caso reciente, conviene darle el crédito a la argentina Beatriz Sarló (1988, 1998) quien se preguntó por el peso político del fútbol en las representaciones colectivas de sus compatriotas. Trabajando esa línea, Pablo Alabarces (2008) concluyó que ante la ausencia de discursos políticos envolventes de lo nacional (o ante su agotamiento), es el fútbol quien mejor sustituyó los mensajes de unidad nacional. Claro que una y otro fueron claros al señalar que el fútbol (y la selección) no son la patria, entre otras porque los estados de ánimo que sus triunfos y derrotas generan, impiden la estabilidad narrativa que supone todo mito fundacional (Alabarces, 1998).

Ya Eduardo Archetti había anticipado esa perspectiva en su ensayo “Fútbol y ethos” (1984), maximizando las posibilidades de análisis con su obra sobre las masculinidades a partir del examen idiosincrático del polo, el fútbol y el tango (1999). Su tesis, que aplicaría de manera más o menos homogénea para toda América Latina (siendo México, con su inquebrantable leyenda de virilidad, la mayor excepción), es que en contravía de los relatos que prescriben lo que significaba ser macho, definido en el libro “El gaucho Martín Fierro” de José Hernández (1983), era el fútbol la única área libre dónde para ser hombre se debía ser niño (pibe). Todo por una razón elemental: para vencer a los ingleses había que engañarlos, burlarlos, confundirlos; no confrontarlos cuerpo a cuerpo porque así ellos ganaban (1995).

Roberto Da Matta y una generación de antropólogos- sociólogos brasileros: Simoni Lahud Guedes, Arno Vogel, Marcos Alves de Souza, Bernardo Buarque de Hollanda, Ronaldo Helal palpitaron con similar sensibilidad intelectual: sofisticaron la idea del estilo nacional de juego (identidad lúdica), describiendo a profundidad la personalidad arquetípica del malandro (a malandragem) en tensión con el otario (el engañado/ el europeo por extensión) que refuerzan el estereotipo social de la “malicia indígena” (desde Bolivia, hasta México) y de la “viveza criolla” o la picardía del potrero para la región del Rio de la Plata. En “Universo do futebol” (1982), se habla del “jeitinho carioca”, entendido como un ethos, una cosmogonía, una forma de ser que asume el fútbol en consonancia con el desparpajo propio del carnaval: con la frescura de la playa y la temperatura del trópico. Eso genera el “jogo bonito” que es también baile (samba) y engaño (capoeira) y se complementa con el mito mestizo de brasileridad expresado en textos como “O negro no futebol brasilero” de Mario Filho y “Casa- Grande & Senzala” de Gilberto Freyre .

Descubrimos así una veta analítica que no sospechábamos cuando nos iniciamos como aficionados del fútbol (y aquí habría que incluir también las adscripciones clubísticas que genera el balompié, que es otro factor de constituciones identitarias parciales y totales): la de sus posibilidades de narrarnos como comunidad imaginada, como nación, en los términos de Benedict Anderson (2007). Otro que lo había advertido era Eduardo Galeano (1995), ciudadano de ese pequeño-gran país que es el Uruguay que puede ser –sin temor a equivocarnos- el verdadero país del fútbol, a juzgar por su pequeña demografía (son casi tres millones de personas) y su rica historia de triunfos en el deporte de los guayos. Imposible –dice Galeano- no definirse en términos de “la celeste” en la República Oriental que fue casa de la primera Copa Mundo de la Fifa.

Para ilustrar la singularidad a este respecto- en la región, conviene leer los textos (además de los ya citados de Argentina y Brasil) de Fernando Carrión en Ecuador (2006), Aldo Panfichi en Perú (1994), Sergio Villena en Costa Rica (2003), Samuel Martínez en México (2010) y los “Cuadernos de nación: belleza, fútbol y religiosidad popular” en Colombia (2001), especialmente el artículo “La nación bajo un uniforme” de Andrés Dávila Ladrón de Guevara y Catalina Londoño (2001). Está por aparecer, nos consta que así es, una producción considerable y respetable en Venezuela, Chile y Uruguay. Los textos que aparecen en este libro, de Alessandro D’amico, Rodrigo Soto & Carlos Vergara y Cristián Maneiro son una prueba de lo que está por venir. 

Para el caso de Colombia existen dos desafíos: examinar con el escrúpulo que ya tuvieron nuestros pares del cono sur sudamericano, las narrativas de nación desde la arena del fútbol, teniendo como fuente primaria la prensa general y la especializada. Es cierto que aquí el balompié profesional fue de los más tardíos en profesionalizarse en la región(2) y que, quizá por ello, la reseña descriptiva y los textos que lo trataban con análisis en páginas editoriales, de variedades o de cuando se crearon las secciones de deportes es magra hasta empezada la segunda mitad del siglo pasado. Recordemos: enseguida de “El bogotazo” se inaugura a las volandas el torneo nacional. Un reto subsidiario de este primer punto es establecer con mayor rigurosidad la relación entre el magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán, que recrudeció la guerra civil conocida como “La Violencia” (1946- 1966) y  el debut de la liga que, como todos los cronistas coinciden, aconteció con gran suceso tal como lo evidencia el nombre con el que fue bautizada esa época de esplendor futbolístico: “El Dorado” (1949- 1954).

Paradójico que ante la magnificencia de un fútbol incipiente en historia y desarrollo, pero pletórico en estrellas extranjeras (principalmente argentinos, uruguayos, paraguayos y brasileros) (3), el país se debatiera en una lucha bipartidista, de sectarismos políticos que desangró un porcentaje importante de la población nacional e impidió que el proceso de unidad nacional se consolidara (Quitián, 2011). Importante es sopesar hasta qué punto el fútbol fue un elemento pacificador –desde la perspectiva elisiana- según se presenta en el original estudio de Alberto Mayor Mora para el caso del Valle del Cauca y Antioquia (1985).

El segundo desafío es comprender cómo se pudo gestar el encantamiento oral de un pueblo campesino, que creyó el relato de una sola nación a partir del prodigio de la radio y del libreto narrativo del ciclismo, el boxeo y el fútbol. Para 1938 (fecha de la primera participación internacional en fútbol) (4) la mayor parte de la población residía en el campo, tenía vocación agropecuaria y llegaba al 80% de analfabetismo. El país no llegaba a los 10 millones de personas y tenía baja movilidad en términos de desplazamientos internos (los viajes al exterior eran una rareza por la baja oferta y el alto costo) (5) e integración. El mundo era la vereda, el pueblo o máxime la región.

Ante ese panorama, la radio jugó un papel central no sólo como vehículo de comunicación interna, sino como factor de integración de regiones y provincias con el centro del país. Pero no sólo para comunicar lo que acontecía en Bogotá en términos informativos, sino para transmitir los valores que las élites querían socializar, imponer y desarrollar en su propósito de hacer del país una nación con características modernas. Sopesar hasta qué punto esta triada de deportes: el ciclismo, el box y el fútbol consiguió confeccionar la fantasía de la nación y persuadir su historia en la masa de oyentes, mediante el relato épico de los héroes deportivos, es la tarea que se anticipa en la agenda programática propuesta en el presente artículo.

Hasta donde las figuras deportivas, los blasones, divisas, himnos y relatos del deporte sustituyeron con eficacia (como ocurrió parcialmente en Argentina) el discurso de “lo nacional”. Qué tanto la política y la historia oficial aprendida en la escuela cedió o se complementó con la transmisión vía ondas hertzianas de los deportes, particularmente del fútbol, en la que se daba cuenta de la representación de atletas que encarnaban al país en competencias entre naciones, disputadas en el extranjero.

Si aceptamos que lo nacional es un consenso negociado, en tensión entre lo tradicional y lo novedoso y que la mitología que lo soporta incluye un relato fundacional y la presencia de figuras legendarias que enfrentaron con valentía, coraje e ingenio adversarios que impedían la existencia propia, tenemos un ámbito en el que el deporte tiene serios chances de obrar como sustituto narrativo. Una forma de abordar analíticamente este aspecto es parafraseando a la ya mentada Simoni Lahud Guedes (1977); ella nos habla de “a instituição zero” (institución cero) que es la versatilidad del fútbol (y por extensión del deporte) para fungir como estructura comodín de ideologías de disímil característica. Basta ver cómo el gobierno del presidente Juan Manuel Santos lo ha instrumentalizado discursivamente en los diálogos de paz en la Habana y como su contraparte, los negociadores de la guerrilla de las Farc, han aprovechado la aparente neutralidad del fútbol para proponer un duelo simbólico en Cuba y Santa Marta (6). Con ello podríamos concluir que el fútbol sirve para todo, incluso para refundar naciones…

Como corolario de esos desafíos está uno más contemporáneo y es el de la observación profunda de la relación del fútbol con la massmedia; tópico al que todavía le debemos tiempo: su escrutinio como industria cultural. Pero viene más a cuento de este libro, su vínculo último con la publicidad. Sobre todo por la inevitable sospecha que sentimos de estar ante dos estupendos canales de comunicación. Fútbol y publicidad (7) aseguran eficacia del mensaje, garantizan ganancia del negocio (Quitián, 2013a) y tienen la coincidencia de ser potentes cajas de resonancia de lo nacional.

¿Ante la desaparición de figuras políticas que renueven la identidad nacional será la publicidad quien asuma las narrativas de nación? Ya la magnanimidad Bolívar parece perder brillo y los apellidos Valderrama y Falcao dan la sensación de ser más aglutinantes. Ni qué decir de comparar el orgullo por la batalla de Boyacá frente al 1 x 1 con Alemania en “Italia 90” o el 5 x 0 a los argentinos del 5 de septiembre de 1993 ¿Seguirá siendo el fútbol un emplasto de la patria? Por lo menos si es importante para el 95% de los colombianos, como lo certifica la última encuesta nacional del centro Nacional de Consultoría (2014). Todavía no está dicha la última palabra y el Mundial de Brasil 2014 promete ser un laboratorio social (por las seguras protestas que habrá y porque trae de nuevo a la palestra la visión neomarxista de que es el “opio del pueblo”) que propicie nuevos escenarios ciudadanos y estimule más discusiones sobre el particular.

Como hecho social total que es, no hay duda que con la Copa reeditaremos esa sensación de asistir a una guerra simbólica e internacional de repúblicas, donde estarán en juego cosas importantes como el orgullo y el prestigio nacional y otras más banales y triviales –a decir de Catherine Palmer (1998)- como el demostrar fervor por la selección y dar a conocer al mundo cosas propias de nuestra idiosincrasia. Las naciones entran en campo y con ello las historias de nuestra patria están expuestas a reescritura.

Notas

  1. Interesante observar como en nuestro país la Vuelta a Colombia fue la artífice de la integración real de localidades de la región central- andina (entre ellas: Bogotá, Ibagué, Tunja, Manizales, Pereira, Armenia, Medellín, Cúcuta y Bucaramanga) y de esta zona con sectores interandinos (especialmente Cali y Neiva) y con la costa caribe (Santa Marta, Barranquilla y Cartagena). La programación de etapas entre estos municipios impulsó la red de carreteras, modernizó la transmisión radial y permitió pensar en términos de nación, por encima de región.
  1. En Argentina el primer torneo profesional data de 1931, en Uruguay en 1932 y en Chile en 1933. Brasil, dada la extensión nacional de su territorio tuvo un proceso desigual, pero el paso del amateurismo al profesionalismo se empezó a gestar con los torneos inter-estaduales entre Rio de Janeiro y Sao Paulo, promediando la década del 30.
  1. La colombiana, antes que la italiana, inglesa, española y británica, fue la primera liga en la que las nóminas titulares estaba integradas en su totalidad por extranjeros. Los nacionales eran suplentes. Ver Guillermo Ruiz Bonilla (2008).
  2. El 15 de febrero de 1938, en Panamá, en el marco de los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe.
  1. De hecho Colombia sigue siendo un país de poco tráfico de nacionales al exterior. Hasta 1990, según una encuesta de la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco) el 80% de los colombianos no había salido ni pensaba viajar fuera del país. Probablemente esa situación esté cambiando en virtud de la mayor oferta de aerolíneas (baja de tarifas) y el crecimiento de la clase media en el país.
  1. Originalmente la oferta, aupada por el gobierno, surgió de labios de Carlos “El Pibe” Valderrama y de Mauricio “Chicho” Serna que le propusieron a los representantes de las Farc que “cambiaran los tiros de fusil por tiros al arco de una cancha de fútbol”. Iván Márquez (jefe de los negociadores de la guerrilla) contrapropuso un duelo de ida y vuelta en La Habana y la cancha de ‘Pescaito’ (Santa Marta) dónde surgió el Pibe como futbolista.
  2. El matrimonio afortunado del fútbol con la publicidad ilustra muy bien el carácter del primero en su expresión de alta competencia. Para algunos investigadores (Simoni Guedes, Ronaldo Helal, Victor Melo, etc., etc.) el fútbol es tan singular que ya no puede ser considerado un deporte: es más un espectáculo televisivo, un show multimedial que –por ello mismo- no obliga a sus atletas a los sacrificios, abnegación y confinamientos de otros deportes. Recuerden como varias vedettes del balón (Romario, Asprilla, Cuauthemoc) pasaban la noche en discotecas y al día siguiente eran figuras de sus equipos.

Bibliografía

ALABARCES, Pablo (1998). “Lo que el estado no da, el fútbol no lo presta: los discursos nacionalistas deportivos en contextos de exclusión social”. Disponible en URL: http://lasa.international.pitt.edu/LASA98/Alabarces.pdf

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Festa, futebol, ressaca, literatura e bola

02/03/2014

Por Edônio Alves

Em clima de carnaval, trago, desta vez, para nosso blog, uma história que reúne festa (embora seja a festa junina típica das cidades do interior do Brasil), futebol e ressaca. Nosso intuito, como sempre, é o de relacionar futebol e literatura, numa tentativa de esclarecer nosso internauta-leitor sobre as nuances dessas duas formas de expressão da alma nacional, que ora se faz pelos pés, ora se faz pelas mãos, ou seja: pelas chuteiras dos nossos jogadores de futebol ou pela escrita mágica de nossos escritores. A narrativa abordada aqui é de autoria do escritor Renard Perez e intitula-se “Copa do Mundo”. Vamos a ela.

 ***

O conto é uma pequena história, que relembra, em ritmo e clima de ressaca, a primeira conquista de um título mundial de futebol pelo Brasil, na Copa de 1958, realizada na Suécia. O texto é todo um registro nauseado das lembranças matutinas de um personagem que acorda ressacado dos excessos de uma festa junina a que tinha ido na noite anterior, e que se vê, agora, conduzido pela ambiência festiva e patriótica em seu entorno, diante da circunstância de enfrentar (assistir, ouvir) ou não, pelo rádio, a partida final da Copa contra a própria Suécia. Este é um daqueles contos através do qual se opera o encontro da consciência com a memória do narrador para disso resultar uma atmosfera intimista como esta que passa a narrar.

 Sendo assim, certo mal-estar vai logo se instaurando na história como resultado de algumas lembranças do personagem-narrador-protagonista marcadas por certa experiência traumática: a de ter também assistido o jogo final da Copa de 50, no Brasil, e em decorrência disso, ter amargado o acre sabor da derrota num momento em que sob todas as evidências do mundo, éramos o melhor país do mundo nas instâncias do futebol. Momento em que o futebol, para nós brasileiros, já era mais que o futebol. Era a face simbólica da nossa própria cara.

 “Entendo o patriotismo, patriotismo é a vitória do futebol no estrangeiro. Pátria é esse orgulho que me enche o peito, e me engrandece, dá-me vários metros de altura. De súbito, o Brasil é a mais soberana das nações, e as grandes potências de dez minutos atrás de repente se amesquinham e olham para nós lá de baixo, respeitosamente”, diz a certa altura o personagem-narrador, alternando seu estado de espírito de momento entre eufórico e nauseabundo.

 “Tenho um aperto na garganta. Mas sinto-me um tanto sem graça, ali sozinho no apartamento, de pijama e dorso nu, sem ninguém a quem comunicar a minha felicidade. Os livros enfileirados na estante parecem-me absurdos, é ridículo o jornal jogado por baixo da porta, com seus conscienciosos prognósticos sobre uma partida futura…”, observa noutro trecho o enfastiado narrador.

 Acreditamos, como exemplo, que estes dois registros acima já são suficientes para dar ao leitor a dimensão singular deste conto que, se não é inovador no tratamento simbólico do tema da posse e da perda – e da suas fundas repercussões no âmbito individual ou coletivo -, ao menos não é tributário do lugar-comum em termos de fatura narrativa que elenca o jogo de bola aos pés como motivo acessório ou principal.

 Um último momento-síntese desta narrativa de Renard Perez que, esclareçamos, não inova em nada em termos de investimento formal e que, contudo, traz alguma inflexão alvissareira no tocante a sua determinação temática, simboliza bem o caráter reflexivo geral da representação literária sobre a matéria social sobre a qual se debruça: no caso, a experiência da mentalidade brasileira sobre um dia tão especial.

 “É preciso contar o resto? Cada brasileiro, naquela manhã, a princípio terrível, depois gloriosa de domingo, sofreu como eu. Os gols que se sucederam me levaram definitivamente a ressaca. Mas não me tranquilizaram. Cheguei a desejar um avanço no tempo – chegar logo ao fim da partida, qualquer que ele fosse. O horrível era aquele martírio lento, martírio chinês”.

 E não terá sido assim que os brasileiros então sentiram – ou sentirão, agora, com esta narrativa – aquilo tudo?

***

PARA SABER MAIS:

Renard Perez nasceu em Macaíba (RN), em 3 de janeiro de 1928, e é um escritor brasileiro que dedicou sua carreira, sobretudo, aos gêneros do conto e da novela, embora tenha se aventurado também no romance e no ensaio crítico. Estreou com O beco em 1952. Sob a liderança de Dinah Silveira de Queiroz, integrou o grupo Café da Manhã, ao lado de Fausto Cunha, Samuel Rawet, Luis Canabrava, Daniel Dantas entre outros escritores. Advogado de formação, Renard dedicou-se principalmente ao jornalismo cultural. Passou por diversos jornais e revistas, dentre eles o Correio da Manhã, Revista da Semana, Revista Branca, de Saldanha Coelho, revista Manchete e jornal Última Hora, tendo sido ainda redator-chefe da revista Literatura. Em setembro de 2003, recebeu a Medalha Antônio Houaiss, oferecida pelo Sindicato dos Escritores do Estado do Rio de Janeiro (SEERJ) em sua sede, na Casa de Cultura Lima Barreto, pelos serviços prestados à literatura brasileira. A narrativa de futebol, Copa do Mundo, encontra-se publicada na reunião de contos sobre o tema intitulada, Contos brasileiros de futebol, organizada em 2005 por Cyro de Matos, sob os auspícios da Editora LGE, de Brasília.


A grandeza dos pequenos

29/07/2012

Por Edônio Alves

O espaço que ocupo neste blog tem a função de apresentar ao nosso internauta-leitor o produto dos meus estudos e reflexões sobre a intersecção do futebol com a literatura. Ambos, paixões minhas, tanto o futebol como a literatura são, na minha modesta compreensão das coisas, campos de expressão e atuação humanos em que a surpresa, o aleatório, a singularidade de tudo que vemos ou podemos fazer reponta como uma marca particular da nossa ação no mundo. Sendo assim, cabe ao escritor, ao poeta, no caso da literatura, por exemplo, agir na sua escrita a partir de um olhar inaugurador de realidades novas; a partir de uma mirada descortinadora de possibilidades inéditas para a prática da existência humana. Mesmo que tais possibilidades inovadoras – eis o segredo de tudo isso – sejam passíveis de concretização apenas no universo da linguagem, uma vez que a vida em si mesmo é limitada. Fazemos arte, já dizia o poeta, porque viver não basta. Ou no dizer de outro bardo: “Simplesmente viver, meu cão faz isso e muito bem!”.

Pois bem. Quanto ao futebol, ele nos encanta precisamente pelo mesmo motivo, penso eu. Por ser um jogo que envolve e emociona seus praticantes e admiradores não apenas pelos efeitos e resultados práticos que produz (a vitória da equipe que conseguir marcar mais gols no adversário), mas sim, e talvez principalmente, pelo conjunto de sentidos e significados que comunica para além de sua visualidade objetiva e imediata. Ou seja: o futebol, paradoxalmente, talvez encante muito mais pelo que não se vê dentro do campo quando se assiste ao seu espetáculo diretamente, mesmo que esta experiência seja por si só gratificante e prazerosa. Quiçá, repita-se, o futebol encante mesmo é pelo que se sente e se experimenta ao vivenciá-lo como fenômeno pleno de cultura dentro e fora dos gramados.

Sim, porque, curiosamente, o futebol é um jogo que extrapola as suas próprias regras.  Entendido em sentido amplo, ele começa antes dos 90 minutos regulamentares de uma partida e vai além deles; é um jogo que não se resume aos poucos personagens que o praticam diretamente nos gramados ou campos de várzea, e – mais significativo ainda – é um jogo que não se encerra no mero espaço delimitado para a sua prática, tornando-se, assim, portanto, ao menos para nós, brasileiros, bem mais do que uma prática esportiva: “é a síntese complexa da cultura brasileira, é a sua metalinguagem”, no dizer do sociólogo Maurício Murad.

Portanto, penso eu, entendido assim dá para ver a clara e visceral ligação do futebol com a prática da literatura. Ambos são uma espécie de jogo humano (um mediado por uma bola; outro mediado pela linguagem) em que os jogadores realizam em campo mais ou menos a mesma coisa: a revelação da surpresa; do inesperado; do ainda não visto como potencialidade realizadora latente e prenhe de significados. É só “ver” a sensação que sentimos ao lermos um poema verdadeiramente original e bem realizado esteticamente; ou um romance, um conto, uma crônica, no caso da literatura. Ou uma bela e inesperada jogada de efeito (um drible desconcertante ou um golaço) no caso do futebol.

 Digo isso porque há pouco mais de duas semanas essa certeza foi reforçada em mim quando recebi um singelo presente de um amigo meu e fiquei intrigado com uma coisa que tal gesto de amizade me realçou: a noção que devemos ter da pequenez e da grandeza de todas as coisas. Louco por futebol como eu, meu amigo me presenteou com um desses souvenirs de clubes brasileiros feitos para serem colados na geladeira e, portanto, para ficarem à nossa vista sempre que entramos na cozinha para fazermos algo do cotidiano doméstico. Conhecendo-me como me conhece, o amigo sabia que aquele não era o clube da minha predileção, mas também sabia que nutro por aquela agremiação esportiva uma admiração ímpar. O tal clube, já dá para dizer, era o Íbis, de Pernambuco, considerado e conhecido no mundo futebolístico como o pior clube do mundo. Talvez justamente por isso, o tal presente tenha me inquietado tanto.

Pois digo que a inquietação foi tamanha que resolvi, a partir dela, como já anunciei aqui, utilizá-la para digredir sobre a relação do futebol com a literatura a partir de um tema que esta relação me sugeriu: a noção que temos da grandeza e pequenez de todas as coisas.

A ideia de fundo, enraizada em todas as culturas, é a de que sempre nos orientamos sob os dados da realidade baseados num providencial senso de horizontalidade e, principalmente, de verticalidade, por assim dizer. Isto é, consideramos sempre que há coisas superiores – os gestos nobres, as ações heroicas, por exemplo –, mas também coisas pequenas, inferiores, tais como os gestos mesquinhos, as ações pusilânimes, enfim, as atitudes menores ou covardias inclassificáveis.

Trazendo essa discussão para o mundo do futebol, nos debatemos sempre com o hábito de colocarmos num patamar superior de nossa consideração e estima os chamados clubes grandes do futebol brasileiro, a exemplo do Flamengo, Fluminense, Corinthians, Grêmio, Palmeiras, Vasco, entre outros; e, por oposição de valores, empurramos para a prateleira dos cacarecos insignificantes os ditos clubes pequenos, a exemplo do Brasil de Pelotas, Baré de Roraima, Fast Clube do Amazonas, Dom Pedro do Distrito Federal, Gurany de Sobral, Sinop do Mato Grosso, e, principalmente, a estrela maior dessa constelação de times menores: o Íbis, de Pernambuco, que tem esta posição de destaque entre os pequenos por ser considerado unanimemente como “o pior clube do mundo”, com inscrição no livro dos recordes e tudo.

Trouxe o Íbis para esta nossa conversa de agora porque entendo ser ele (o glorioso Íbis, o pior de todos os times do planeta) um exemplo palpitante do quanto é arbitrária a nossa maneira hierárquica de olharmos para a realidade. Para atestar essa arbitrariedade em julgarmos as coisas do mundo, podemos dizer, por exemplo, que algo pode ser grande justamente por comportar-se como algo pequeno; humilde na sua maneira de ser, nem soberbo nem ostentatório das virtudes que lhes é constituinte, enfim, singelo na sua grandeza de ser pequeno.

O contrário pode também ser verdadeiro, conjecturo eu, ampliando o exemplo: algo pode ser pequeno justamente por insistentemente querer ser grande, pretender assentar a sua existência num patamar além dos limites do seu próprio tamanho, ostentar uma grandeza que nada mais é do que a face oculta da sua própria pequenez.  

É aqui, meus caros leitores, que reponta a grandeza do Íbis no cenário do futebol brasileiro. Não se preocupando em querer ser o melhor, o maior, contenta-se o Íbis na modéstia de ser o pior, e por isso é grande. E a sua grandeza, com efeito, é invejável. Alguém já viu o Íbis perdendo o sono por estar metido em dívidas impagáveis? Pois este não é o atual caso do Flamengo, do Corinthians, do Vasco e de muitas outras figurinhas carimbadas do futebol brasileiro, que só sobrevivem empurrando os débitos (e alguns dirigentes) com a barriga? Não, ninguém nunca viu tal problema com o Ìbis. Ninguém nunca viu o Íbis chorando ou lamentando as perdas constantes que lhe caem nos ombros. Fundando um paradoxo genial, são as derrotas as maiores conquistas do Íbis e isso é o exemplo maior de sua grandeza.

Não, o caso do Íbis é outro, meus amigos, outro porque o Íbis é grande. Grande até na sua infinita generosidade. Assim são as coisas desse mundo se as observarmos bem. O grande pode ser justamente o pequeno e o pequeno pode ser precisamente o grande. Tudo depende da maneira como olhamos o mundo e o mundo, todos nós sabemos, não passa de uma bola: esse objeto distinto de todos os outros – sem quinas, pontas, dorso ou face, igual a si mesmo em todas as direções de superfícies – que rola e quica como se animado por uma força interna, projetável e abraçável como nenhum outro, no dizer do poeta. E os poetas têm sempre razão!

 


A arte de jogar e a arte de narrar

08/04/2012

Por Edônio Alves

O futebol é um jogo (para não dizer uma arte) visceral. Tanto para quem joga quanto para quem aprecia. A arte de narrar idem; embora tal envolvimento nesse campo, por parte do escritor, seja bem mais contundente do que para o leitor, que o aprecia. Em sendo assim, tanto jogar quanto narrar exige do seu participante ativo (o escritor ou o jogador) uma entrega quase que incondicional. Por isso é que muitos dos analistas dos dois campos veem nestas profissões uma atividade existencial por excelência. Viver é jogar e jogar é viver. Assim como viver é escrever e escrever é viver.

É com esta interpretação do jogo e da arte de narrar que analiso o conto abaixo, intitulado, Campeonato de futebol, de autoria do escritor baiano Luiz Henrique, dentro daquela nossa proposta de sempre ligar, nesse espaço, o futebol com a literatura. Nessa narrativa, por exemplo, o contista vai jogando junto com os jogadores propriamente ditos ao narrar. Por isso mesmo, vai expondo as ligações sutis e secretas da literatura com o futebol, pelas páginas em branco e os verdes gramados do Brasil.

***

Campeonato de futebol

Luiz Henrique

 Essa é uma história rápida, curtíssima, que narra as jogadas-proeza de uma dupla de ataque de um time qualquer, de um bairro qualquer, de uma cidade qualquer do Brasil, país do futebol. O texto é veloz e instantâneo como a figurar a própria fugacidade dos dribles e fintas dos dois personagens que quer destacar para o leitor, através de um testemunho em terceira pessoa comandado por uma reminiscência admirada com o que conta e com a distância do tempo que decorreu do que conta. Daí o texto fixar-se no motivo do talento de um tipo de futebol que talvez já tenha se perdido na poeira da sua própria história: o nosso tão decantado futebol-arte.

Por aqueles tempos, a velocidade do jogo não se contrapunha ainda as suas potencialidades criativas. À sua demanda artística – melhor dizendo -, que o narrador transfigura como elemento do próprio texto narrativo para dar ritmo ao transcorrer das ações: “Tô Falando com a bola. Ele era um jogador bom de negaças e um corredor. Ele corria com disposição. Quando pegava uma reta, a bola nos pés, ninguém o alcançava. Certa feita Português tentou parar Tô Falando e Tô Falando fez o seguinte: levou a bola até a linha de gol do adversário, não chutou, mas deu uma queda de corpo, algo lindo! Enganou Fausto e Faustino, levou Chuteirão à grama, depois subiu para a própria área. Português correndo atrás e segurando nos lados, lá nele, cai-não-cai, Tô Falando fez um arco, tá entendendo? Fez um arco e deu uma bola e tanto pra Didiu e Didiu cometeu a sua especialidade: bateu com o pé esquerdo e foi gol”.

A história se adianta nesse ritmo frenético e veloz. Registre-se que Tô Falando é o nome inusitado do companheiro de Didiu, com quem compõe a dupla de ataque infernal. Assim como no universo do erotismo existe a figura da fêmea fatal, no não menos “incendiário” mundo do futebol existe também a figura do jogador fatal, aquele que ao receber a bola de jogo sob determinadas condições já era, é só correr pro abraço, a bola está lá no fundo das redes e gol.

“Naquela partida Tô Falando suspendeu a bola. Taí, ninguém entendeu! Mas a gente logo viu a treta. A bola subiu para a esquerda e desceu nos pés de Didiu, uma bola 5, nova, novinha, de modo que foi descendo pela esquerda, cada vez mais pela esquerda, superou Cagão e Torresmo, fez Sossegado de bobo, parou, um rei! Olhou o campo e chutou. Gol, claro! Quem ia pegar aquela bola?”

Assim a narrativa de Luiz Henrique vai contando os prodígios daqueles jogadores do seu tempo numa prosa simples, mas eficiente no que tem de artístico. Vai encaminhando seu texto no ritmo do jogo que narra, o proseado fluindo ao sabor das jogadas relembradas com teor de crônica. A destacar ainda nesse conto curto como um drible de Romário (verdadeiro jogador fatal!), só mais duas coisas, para encerrar: o efeito cômico criado pela homonímia dos jogadores (Cagão, Torresmo, Zé de Viu, Adrenalina) e o seu arremate memorialístico eficiente.

Sobre a primeira, deve-se assinalar que a ficção não é mais extravagante do que a realidade. Como exemplo, vejam-se os nomes de jogadores que disputaram a Copa do Brasil de 1990, numa pesquisa curiosa feita pelos jornalistas, Alex Escobar e Marcelo Migueres, entre as fichas técnicas dos jogos dos clubes participantes deste campeonato de caráter nacional (ver: 20 anos da Copa do Brasil, 2009, p.174, 176). Para cada ano da disputa, os jornalistas escolheram um time de nomes esquisitos. Assim é que em 1990 entrou em campo pelo Brasil afora o seguinte esquadrão: Marega, Balu, Chicletão, Lúcio Surubim e Mingo; Chico Monte Alegre, Tanta, Miolinho e Erijânio; Ibateguara, Gulliver e Limão. O ano de 1995 não fica atrás em matéria de nomes estranhos: Isoton, Bocage, Gelásio, Gilberto Corneta e Nemias; Barata, Adalberon, Caçote e Petrólio; Nailson Xororó, Testinha e Zé Rebite.

Sobre a segunda observação, exemplificaríamos com o próprio texto o aspecto que queremos ressaltar, quando após outro gol fenomenal de Didiu, o narrador fecha a conta com essa: “Foi aí que o dono da bola correu para o campo e recolheu a bola. Ele era do lado que estava perdendo. E estava uma fúria. – Vão ganhar na… Todos tínhamos 12 anos e embolamos no Campo da Cuia”.

 Quem é Luiz Henrique:

O autor nasceu em Nazaré das Farinhas (BA), em 25 de janeiro de 1926. É contista, novelista, cronista e romancista. Doutor em História do Brasil e Professor Emérito da Universidade Federal da Bahia. Publicou, entre outros livros, História da Bahia (1987); Moça sozinha na sala (1961), com o qual ganhou o Prêmio Carlos de Laet da Academia Brasileira de Letras, e Almoço posto na mesa (1990). A história curta, Campeonato de futebol, está na coletânea, Contos brasileiros de futebol, organizada em 2005 por Cyro de Matos, sob os auspícios da Editora LGE, de Brasília.


Esporte Clube da Esquina

16/05/2011

Por André Schetino

Álbum Clube da Esquina, de 1972


A música popular brasileira caminhou sempre ao lado de outras manifestações de nossa cultura, dentre elas o esporte, e especialmente o futebol. Como apreciador do Clube da Esquina, movimento musical mineiro que cresceu nas ruas do boêmio bairro de Santa Tereza, sempre me perguntei sobre as relações que a turma das alterosas teria com o esporte. Será que os “hippies” mineiros em suas viagens musicais não vivenciavam a cultura esportiva?

Dificilmente.

Foi aí que encontrei a tese de doutorado: Na esquina do mundo: trocas culturais na música popular brasileira através da obra do Clube da Esquina (1960-1980), de Luiz Henrique Assis Garcia. No trabalho (defendido em 2007 e no ano passado transformado em livro), Garcia nos mostra que a obra do Clube da Esquina deve ser compreendida dentro de seu contexto histórico, nas influências de seus diversos membros, das suas relações com outros grupos e movimentos (nacionais e internacionais). O trabalho cita um trecho de entrevista com Lô Borges, onde o mesmo afirma que a “esquina” onde os músicos partilhavam seu cotidiano era o “lugar onde acontecia de tudo: música, futebol, peladas homéricas”, um lugar “democrático”(p. 174).

E nada como o tempo para modificar a história, dar a ela novos sentidos e significados. Em uma época de bondes sem freio, trens balas e carroças desembestadas, cabe lembrar que é do Clube da Esquina uma analogia anterior, envolvendo o veículo sobre trilhos tão querido nas Minas Gerais e o futebol: “o trem azul“.

A música, lançada em 1972 no álbum Clube da Esquina não foi composta sob a ótica do futebol. Para muitos, o trem azul seria a metáfora da própria vida. Porém, tornou-se em tempos mais recentes (especialmente a partir dos anos 2000) uma homenagem à grandes equipes formadas pelo Cruzeiro Esporte Clube. Essa ressignificação da canção pode ser vista no vídeo abaixo, na voz de ilustres cruzeirenses: Lô Borges (autor da música), Milton Nascimento e Samuel Rosa, todos devidamente uniformizados.

E a parceria música e esporte não parou por aí. Em breve trarei em outros posts um pouco mais dessa relação em música e futebol em Belo Horizonte. Para terminar em alto estilo, outra parceria linda de Milton Nascimento e Fernando Brant, de 1995, onde a bola rola solta: bola de meia, bola de gude.

P.S. – Quis o destino que o calendário de atualização do blog me presenteasse com essa segunda-feira pós campeonato mineiro, onde o glorioso Clube Atlético Mineiro viu diminuir sua vantagem de títulos estaduais sobre o grande rival celeste. Apesar da ressaca, fica este post com as merecidas felicitações aos meu amigos cruzeirenses.


Sonhos de gol, sonhos de…

18/04/2011

Gravado em 2004 e 2005, Goal Dreams (2006) narra a saga para a formação de uma seleção palestina para disputar uma partida preliminar das Eliminatórias da Copa de 2006.

Do ponto de vista narrativo, o filme não é nada demais. Mas, cá do meu canto, achei-o rico: conteúdo, imagens, bela (e triste; e melancólica) história que conta. O espectador se depara com uma lista impressionante – em quantidade e qualidade – de problemas enfrentados pelos palestinos.

A iniciativa de reunir uma seleção nacional é fruto do sonho e de muita força de vontade de dirigentes, empresários (não empresários de jogadores; trata-se de donos de empresas que atuam como mecenas e bancam os custos da empreitada), jogadores e um técnico austríaco que se revela personagem interessante durante a trama, à medida que os absurdos da ocupação israelense atrapalham seu trabalho e descortinam um universo novo e inacreditável para o europeu.

Goal Dreams acrescenta items à lista de  ilegalidades, crimes e violações de leis internacionais cometidos por consecutivos governos de Israel. Assistindo à película, percebe-se que parte do processo de negação da condição de ser humano imposto pelo colonizador aos dominados inclui, vejam só, não ter uma uma seleção nacional para torcer.

Enquanto sua equipe nacional e seus clubes disputam Eliminatórias da Copa e demais competições na Europa, contando com cumplicidade e apoio da UEFA (à qual passou a pertencer em 1994) e da FIFA, Israel viola sistematicamente leis internacionais, mantendo a ocupação ilegal, criminosa e imoral (a partir de leis e parâmetros estabelecidos por organizações internacionais, a começar pela ONU) sobre a Palestina. Como fosse pouco, dificulta, de todas as formas possíveis, a formação de uma seleção e a prática do futebol palestinos.

Dentre os numerosos problemas causados pela ocupação, alguns são retratados no filme:

a) os campos de refugiados – apátridas, na verdade – miseráveis no Líbano, quase 60 anos após a Nakba de 1948.

b) a diáspora pelo mundo (Líbano, Chile, EUA, Egito, Inglaterra etc.).

A diáspora palestina (com exceção de Faixa de Gaza, Cisjordânia, Líbano, Síria e Jordânia). Fonte: http://mondediplo.com/local/cache-vignettes/L580xH343/arton2071-6f79e.jpg

c) os conflitos de identidade de filhos, netos, bisnetos nascidos ou criados no exterior (caso típico do jogador que vive nos Estados Unidos).

d) a dependência do Egito para os habitantes da Faixa de Gaza.

Intervenção artística no Muro da Vergonha (Cisjordânia ocupada).

e) a humilhação da submissão a Israel, materializada em práticas como o Muro da Vergonha (condenado pela Corte Internacional de Justiça de Haia, Holanda); os postos de controle (os quais, de acordo com agências de ajuda,”limitam o acesso de palestinos a escolas e assistência médica – em alguns casos, desde a Intifada de 2000“); e os cercos à Faixa de Gaza (incluindo o realizado no verão brasileiro de 2008/2009).

f) a importância do futebol (com destaque para o Deportivo Palestino, time da primeira divisão chilena), e das peladas disputada pela molecada na Faixa de Gaza, na Cisjordânia e em becos dos campos de refugiados pela região (Líbano, Síria, Jordânia etc.).

g) a necessidade de mecenas (e os problemas que esta dependência traz), em função da fragilidade financeira e institucional.

h) a violência: implícita ou explícita; física; psicológica; e simbólica inerente à vida sob ocupação (ou no exílio, para fugir da ocupação).

i) a posição ambígua da FIFA – aparentemente progressista ao reconhecer a Associação Palestina de Futebol, em 1988, ajudando a dar legitimidade a uma nação sem Estado. Mas, na prática, recusando-se a aceitar como “motivo de força maior” o pleito palestino de adiamento de uma partida decisiva devido à impossibilidade (causada pela ocupação israelense) de formar e treinar uma seleção. A desfaçatez do dirigente da Fifa entrevistado no filme é impressionante. Ali está um burocrata do big business como outro qualquer: não admite que uma medida estatal possa atrapalhar o lucro e o andamento dos negócios.

*  *  *

Na cópia que consegui (graças a uma conhecida sul-coreana que trabalha na indústria cinematográfica californiana), fazem falta legendas em inglês – mesmo para acompanhar algumas das falas no idioma.

Ficha técnica

Goal Dreams

USA (EUA), 2006, 86′

Produzido e dirigido por Maya Sanbar e Jeffrey Saunders

http://www.goaldreams.com

http://www.arabfilm.com