Dois Fluminenses em Niterói

02/11/2018

por Victor Andrade de Melo

Todo mundo conhece o Fluminense Futebol Clube, uma das primeiras agremiações do Rio de Janeiro a se dedicar ao velho esporte bretão. A cidade de Niterói, curiosamente, tem dois “Fluminenses” ainda vivos!

Esse post é parte do livro que estou escrevendo sobre o esporte na Cidade Sorriso. Compartilho um pedacinho dessas descobertas.

Vejamos a imagem abaixo.

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Remadores do Sport Club Fluminense, 1923
Disponível em: <https://www.facebook.com/OlharNictheroy/&gt;

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O Sport Club Fluminense foi fundado, em 1916, na Ponta D´Areia, na Avenida Visconde do Rio Branco (Rua da Praia).  Promovia suas regatas na parte do litoral conhecida como Praia Grande (de onde, inclusive, veio o primeiro nome que Niterói teve, em 1819: Vila Real da Praia Grande). Isso é, tratava-se de uma região que ficava à esquerda da atual estação das barcas (olhando do mar para o continente). O clube se encontrava perto do antigo Mercado de Peixe São Pedro, que avançava pelo mar.

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Antigo Mercado de São Pedro
Disponível em: <http://www.mercadodepeixesaopedro.com.br/index.php?page=historia&gt;

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Durante anos, aquela zona ficou conhecida como Praia do Esporte, em função das atividades da agremiação náutica (mas que também se dedicou ao futebol). No mapa abaixo, fica mais claro onde o clube se localizava.

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Em laranja, a região do Sport Club. Em azul, a Praia Grande. Em amarelo, a estação das barcas. Em vermelho, o que hoje é a UFF (construída num aterro; a oficina da Cantareira ainda está lá). Em lilás, a praça em frente ao campus, onde atualmente se encontra o restaurante Tio Coto, A Mineira e a Igreja de São Domingos, que está lá desde o século XIX. Seguindo um pouquinho em direção ao Forte de Gragoatá, marcado em rosa, o Clube de Regatas Gragoatá, criado em 1895.

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Difícil conceber essa paisagem nos dias de hoje em função de tantos aterros, mas os rastros da história são lindos. Vejamos a imagem abaixo, com as mesmas legendas acima.

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O Gragoatá e sua sede são mais conhecidos, mas o que pouca gente lembra é que a sede do Sport Club Fluminense continua de pé. Hoje é o Fluminense Natação e Regatas. Vejamos as imagens abaixo:

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Não confundir esse clube com Fluminense Atlético Clube, também fundado na década de 1910, conhecido como Fluminensinho de Niterói, localizado na Rua Xavier de Brito.

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Fachada do Fluminense Atlético Clube

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Em tempo, os clubes centenários de Niterói que se mantem vivo são:

Grupo de Regatas Gragoatá
Clube de Regatas de Icaraí (está mal das pernas, mas ainda está de pé)
Rio Cricket Associação Atlética (antigo Rio Cricket and Athletic Association)
Rio Yacht Clube (antigo Rio Sailling)
Iate Clube Brasileiro
Fluminense Natação e Regatas (antes Sport Club Fluminense)
Fluminense Atlético Clube (fundo como Rio Branco Futebol Clube)
Fonseca Atlético Clube
Canto do Rio Futebol Clube

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Como se pode ver, foi intensa a vida esportiva da Cidade Sorriso.

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El primer club de fútbol en Uruguay: Albion F.C. (1891)

30/09/2018

por Gastón Laborido (gaston_laborido1@hotmail.com)

Presentación

El pasado 28 de setiembre de 2018 se conmemoraron los 127 años de la fundación del CURCC (Central Uruguay Railway Cricket Club). Es un tema que genera polémica, ya que está en juego una discusión sin sentido entre los parciales de Nacional y de Peñarol: la cuestión del decanato. Estos clubes son los que tienen mayor cantidad de hinchas en todo el territorio uruguayo. La “falsa polémica” que surge cuando se habla de historia del fútbol es: ¿quién es el decano del fútbol uruguayo? ¿Quién nació primero? ¿CURCC y Peñarol son lo mismo?

La Historia siempre es una herramienta fundamental para entender y comprender el presente. Las “falsas polémicas” son “supuestos” creados e imaginados socialmente. Por diferentes razones, se inventan discusiones del pasado para legitimar el presente. En este caso, nos referimos a que lamentablemente los clubes uruguayos están desde hace más de 30 años en un período de estancamiento, carente de conquistas internacionales. Ya las discusiones no giran en torno a logros obtenidos por Nacional y Peñarol a nivel internacional. Apenas queda reducido al espacio local: quien tiene más campeonatos uruguayos, o quien ganó más clásicos. Para legitimar este presente, es que afloran las disquisiciones por ver cuál es el cuadro más viejo y si CURCC y Peñarol son lo mismo.

Con la intención de mirar hacia el pasado para comprender el presente, es que las líneas que siguen se proponen repasar los momentos decisivos y la aparición del primer club de fútbol propiamente dicho en el Uruguay. Antes de 1891 no es que no existiera el fútbol, pero quedaba reducido a instituciones que se habían fundando con el objetivo de practicar otros deportes como el cricket, o en el seno de los colegios ingleses.

En las líneas que siguen, primeramente se analiza el movimiento clubista y la importancia de los clubes en tanto unidad básica de la actividad deportiva. En segundo lugar, se aborda la relevancia de los colegios ingleses en Uruguay como difusores de los deportes modernos. En tercer lugar, se dedica un espacio a una de las primeras zonas deportivas de Montevideo, Punta Carretas. Por último, se señalan los momentos decisivos que dieron origen al primer club de fútbol en Uruguay: el Albion Football Club.

El club: una institución inglesa

El deporte moderno como fenómeno de las actuales sociedades, nació en Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial y adquiere una enorme complejidad social y cultural a partir de la segunda mitad del siglo XIX. La revolución industrial estableció la diferencia entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, en cual el deporte pasó a ocupar un lugar significativo.

A su vez, el deporte como institución social propia de las sociedades industriales, tiene una compleja organización, cargado de instituciones, parámetros organizativos, multiplicidad de roles nítidos y sin significación religiosa. Una de las instituciones fundamentales del deporte moderno es el club:

la unidad básica de la actividad deportiva es el club, que abarca desde el modesto club deportivo local, con su sencillez organizativa y su reducido número de miembros, al multimillonario club de deporte espectáculo y profesionalizado, que al igual que las modernas sociedades anónimas, presenta una densa red de intereses de signo muy diverso, y en el que participan numerosas personas, desde los deportistas profesionales hasta los socios y los espectadores en general, pasando por los directivos y técnicos. (García Ferrando, M., 1990, p. 27).

Por otro lado, los clubes deportivos están organizados en federaciones (a nivel provincial, nacional e internacional). Tanto las federaciones como los clubes están condicionados por aspectos socioculturales, que se rigen por reglas y normas que contribuyen a delimitar el funcionamiento del juego deportivo. Como señalan C. Arias y M. Reich,

no habría sido posible la expansión que tuvo el fenómeno deportivo, si no llevara en sus entrañas un código de honor y un compromiso tácito previo, entre los que van a practicar sus diversas modalidades, si no hay un acuerdo anticipado sobre las reglas de juego y su acatamiento entre los eventuales contendientes (2004, p. 6)

El club, entendido como asociación de individuos que se agrupan por tener los mismos intereses, nació en Inglaterra antes del siglo XIX. Los primeros clubes deportivos que surgieron fueron fundados con carácter restrictivo por los aristócratas ingleses: el Royal and Ancient Golf Club en 1754 y el Marylebone Cricket Club en 1787.

La consolidación del deporte moderno es un fenómeno paralelo a la consolidación del imperialismo del siglo XIX. El imperio británico exportó sus prácticas deportivas a los cinco continentes, junto con sus mercancías. De esta manera, se difundió la cultura británica y el fenómeno deportivo, teniendo en algunos territorios mayor receptividad que en otros.

El movimiento clubista iniciado en Inglaterra tuvo en Uruguay un caldo de cultivo como en pocos países del mundo. La práctica de los deportes modernos surgió naturalmente en la colectividad británica. El deporte llegó a Montevideo en el siglo XIX, cuando los ingleses lo introdujeron en el Río de la Plata y en otras partes del mundo, de la mano del ferrocarril, intercambios con la marinería y de la acción de los colegios ingleses. Como señala J. C. Luzuriaga (2009), su difusión en la sociedad uruguaya siguió la misma lógica que en Gran Bretaña y en otros países: pasando de las elites al resto de la población en forma de cascada.

Si bien existió en nuestro país la experiencia del Victoria Cricket Club, entidad creada en 1842, hubo que esperar hasta la década del sesenta del siglo XIX para ver el surgimiento de los primeros clubes deportivos estables. Así, surgió el Montevideo Cricket Club (18/7/1861) en la colectividad inglesa que practicaba cricket, atletismo, natación, wáter polo, ciclismo y luego introdujeron el fútbol y el rugby. El campo de juego fue adquirido en los años 80 del siglo XIX, al que sus propietarios denominaron The English Ground. Estaba ubicado en la Blanqueada, en la avenida 8 de Octubre (donde hoy está ubicado el Hospital Militar), en el camino a la Unión entre las calles Jaime Cibils y Larrañaga, rodeado de quintas y chacras. Aquí fue donde se vieron por primera vez en Uruguay las distintas manifestaciones de esa nueva actividad, desconocida para los criollos. El terreno del campo de juego ocupaba aproximadamente una hectárea rodeada de cercos de pitas y algunas instalaciones, un pequeño refugio que oficiaba de palco, un rancho que era vestuario y una carpa blanca donde se servía el té de las 5 p.m.

La acción de los colegios ingleses

En Inglaterra la práctica del fútbol se inició en los colegios secundarios. La misma lógica se repitió en los colegios ingleses de todo el mundo y obviamente también en Uruguay.

En 1874 se creó en Montevideo The English High School y realizó el mismo tipo de enseñanza que la que desarrollaba en Buenos Aires su homónimo, bajo la dirección de Alexander Watson Hutton. Era basada en formación intelectual y cultura física, promoviendo la práctica de todos los deportes. Watson Hutton fue pionero en el desarrollo deportivo de la Argentina, en particular del fútbol, creando la “Argentina Foo-Ball Association League” en 1891 y definitivamente en 1893.

El English High School de Montevideo estuvo inicialmente a cargo de Henry Castle Ayre; y fundó en su colegio un espacio para el deporte: el Montevideo English High School Junior Cricket and Athletic Club. En 1885 llegó a Montevideo William Leslie Poole, quien era bachiller de Cambridge. Se desempeñó como profesor de inglés hasta 1920. Era un sportsman por excelencia, ya que incursionó en fútbol, remo, criquet y rugby y llevaba a sus alumnos a practicar esos deportes a Punta Carretas.

En 1885 se fundó The British School, que era dirigido por Thomas J. Ashe y también impulsó el deporte de acuerdo a los métodos pedagógicos de su país. Sus alumnos tuvieron activa participación en justas atléticas y en los primeros partidos de fútbol, ante el Albion y el CURCC. Ashe también fue figura de relieve actuando en el Montevideo Cricket Club y en el  Montevideo Rowing.

Punta Carretas: zona deportiva

Los alumnos de los colegios ingleses aprendieron las reglas del juego deportivo en los patios del colegio y en los campos de Punta Carretas. Por 1886 los ingleses jugaban en las canchas de Punta Carretas y pronto los uruguayos los imitaron. En este sentido y desde entonces, “Punta Carretas sería como una zona de avanzada del deporte, que tiene actualmente carácter casi legendario, en el que se confunden las primeras manifestaciones deportivas” (J. Buzzetti y E. Gutiérrez Cortinas, 1965, p. 55).

Los hermanos Juan Antonio y Mateo Magariños Pittaluga recrean de manera pintoresca esa época:

La locura de los ingleses de Punta Carretas se desparramó en forma asombrosa, penetrando como un torrente incontenible, en el alma de nuestros muchachos, inundándola, avasallándola, quebrando costumbres y rompiendo los juegos que hasta ese momento eran los de su preferencia. Dejaron de verse reunidos en las veredas a grupos de botijas jugando al rescate, al uñate y a la payanita, y tampoco vióse con la frecuencia de antes, el juego de las esquinitas y del gallo ciego. La diversión máxima, la distracción favorita, era jugar al “fobal”; imitar a los ingleses zancudos. Cualquier cosa redonda o que se le pareciera era utilizada para darle patadas. En los patios de las casas o de las escuelas, en terrenos grandes o chicos, en la calle y hasta en las azoteas se jugaba. Se hacía una pelota con la media de la hermana rellena de paja, con papeles forrados con la manga del saco del viejo, con vejigas infladas y con varias cosas más. Visto el entusiasmo creciente de los chiquilines por el fútbol, los almaceneros y jugueteros se avisaron y confeccionaron pelotas de cuero de múltiples colores rellenas de aserrín las que se exponían en los escaparates o se colgaban en los marcos de las puertas de los establecimientos junto a las muestras de bacalao, a los salamines y zuecos (…) (1942, p. 47).

De esta manera, Punta Carretas fue asomando a la nueva vida con su Farola, tranvía e Hipódromo y fue escenario de los estudiantes de los colegios ingleses, que se aproximaban para practicar el fútbol.

El primer club de fútbol en Uruguay: Albion Football Club (1891)

La última década del siglo XIX inauguró una etapa de cambio en el deporte nacional: a-surgieron numerosos clubes; b- se registró el desarrollo intensivo del fútbol; c- iniciación del proceso de integración masiva del criollo en el deporte.

Durante ese período, la presencia inglesa en la economía y en la sociedad no dejaba de incrementarse, incluso ante la amenaza de lo que sería en la percepción de los contemporáneos nacionales y extranjeros, la más grave crisis de su historia hasta ese momento, en 1890. Con esa crisis, la deuda uruguaya había quintuplicado su monto real en la década previa y decuplicado el peso de su servicio; el país se abría a las inversiones extranjeras, que se triplicaron, y la participación británica en los ferrocarriles, aguas corrientes, gas, teléfonos e industria de la carne era entonces decisiva. (J. Rilla, 2015, p. 86).

La crisis económica y financiera de 1890 obligó a repensar la viabilidad del país. Así, los distintos gobiernos debieron abordar la reformulación del modelo agroexportador, el fomento de la industria de bienes de consumo y la búsqueda de mecanismos para la contención de los conflictos sociales.

Desde el punto de vista deportivo, el período se caracterizó por la eclosión futbolística. “Esa eclosión del fútbol, terminará con el primer apogeo de cada uno de los deportes, condenándolos a pequeños círculos o a escasa aceptación popular” (J. Buzzetti y E. Gutiérrez Cortinas, 1965, p. 63).

Durante esos diez años de eclosión deportiva, se fundaron numerosos clubes: Albion, Central Uruguay Railway Cricket Club (luego llamado Peñarol), Nacional de Regatas, Nacional de Velocipedismo, Nacional de Fútbol y otros. Los repetidos apelativos de “Nacional” revelaban la intención de dejar establecido el criollismo de las agrupaciones.

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Una figura clave del primer club específicamente de fútbol en Uruguay y que además tuvo un origen netamente uruguayo fue Henry Candid Lichtenberger Levins. Lichtenberger nació en 1873, era alumno del English School y discípulo de Poole. Tenía 18 años cuando en mayo de 1891 invitó a compañeros del Colegio a fundar un club de fútbol, denominado Football Association. La respuesta fue positiva y el 1° de junio de 1891 el club comenzó a funcionar con 23 miembros. La primera Comisión Directiva estuvo presidida por William Mac Lean, con H. A. Woodcock (secretario), H. C. Lichtenberger (tesorero), Andrews Clark (delegado); J. D. Woosey (capitán) y G. P. Swinden (vicecapitán).

El equipo adoptó una casaca blanca con una estrella roja en el pecho como primer distintivo cuando jugasen contra cualquier club o colegio. El primer estatuto daba cuenta que se trataba de un club uruguayo, donde se rechazaba la presencia de jugadores extranjeros, cualquiera fuese su origen. De acuerdo a J. Buzzetti y E. Guiterrez Cortinas, “no se trataba de negar su ascendencia inglesa, era simplemente el orgullo de sentirse orientales que los impulsaba a expresarse como tales deportivamente” (1965, p. 71).

El club jugó su primer partido el 2 de agosto de 1891 en La Blanqueada contra el Montevideo Cricket y perdió 3 a 1. En esa ocasión presentó el siguiente equipo: H. Lichtenberger, C. Swinden, A. C. Lichtenberger, B. Swinden, J. O. Morse, T. J. Smith, J. D. Woosey (capitán), W. Mac Lean, H. A. Woodcock, M. Sardeson, A. F. Lambrchts y como suplentes: E. A. Shaw, W. L. Pepper y E. Decurnex.

El segundo partido lo disputó el 25 de agosto, ante el mismo rival y fue vapuleado 6 a 0 ante un poderoso equipo, que incluyó a Poole, Henry S. Bowles, Negrón, Hamilton, entre otros.  Para ese entonces, el Football Association era visto por la prensa inglesa como “la prometedora selección junior”.

Al poco tiempo, el 21 de setiembre, en asamblea celebrada en la Barraca Inglesa (Juncal n° 5), William Pepper apoyado por Clark, propuso el cambio de nombre ya que el club tenía el del deporte en sí, y  se decidió cambiar el nombre de la institución por el de Albion Foot Ball Club, como homenaje a los creadores de este deporte. También se cambió la blusa por una azul con cuello y mangas blancos, que completó con pantalón blanco y medias negras.

En 1891 se cumplieron 13 partidos amistosos en total. Los equipos que los disputaron fueron: Montevideo Cricket Club, Montevideo Rowing Club, English School, Football Association (Albion) y otros equipos que actuaban con los nombres de sus capitanes, como por ejemplo Mr. Poole XI; Mr. Scoones XI; Mr. Bowles XI, Mr. Dunbar XI; entre otros.

Finalizado el año 1891, el Athletic Sport Comitee, elaboró su agenda de criquet y juegos atléticos. En este contexto, es que surge una nueva institución y tercer centro deportivo de importancia en la Villa Peñarol: el CURCC (Central Uruguay Railway Cricket Club). Entre 1892 y 1895 el fútbol comenzó lentamente a desenvolverse desde las elites.

En marzo de 1895 el propio Lichtenberger propuso modificar los estatutos para aceptar jugadores extranjeros para poder ser más competitivos. Se decidió sustituir la casaca por una azul y roja por mitades verticales, en referencia y homenaje a Gran Bretaña. Los jóvenes del Albion se convirtieron en practicantes y difusores del fútbol entre posibles espectadores y medios de prensa. Publicaban el programa de los partidos y las reglas del deporte. También para difundir esta práctica, escribían crónicas y las llevaban a los periódicos.

Referencias:

  • ARIAS, Carlos y REISCH, Matilde (2004). Movimiento clubista y desarrollo deportivo en el Uruguay. Revista NEXO, marzo 2004, Montevideo.
  • BUZZETTI, José y GUTIÉRREZ CORTINAS, Eduardo (1965). Historia del deporte en el Uruguay (1830-1900). Montevideo: Ed. De los autores.
  • FERRANDO GARCÍA, Manuel (1990). Aspectos sociales del deporte. Madrid: Alianza.
  • GOMENSORO, Arnaldo (2015). Historia del Deporte, la Recreación y la Educación Física en Uruguay. Crónicas y relatos. Montevideo: IUACJ.
  • LUZURIAGA, Juan Carlos (2009). El football del novecientos. Orígenes y desarrollo del fútbol en el Uruguay (1875-1915). Montevideo: Santillana.
  • RILLA, José (2015). Uruguay en el mundo, 1880-1930. En: G. Caetano (Dir. y Coord.), Reforma social y democracia de partidos, 1880/1930 (pp. 85-130). Montevideo: Planeta.
  • MAGARIÑOS PITTALUGA, Juan Antonio y Mateo (1942). Del fútbol heroico. Montevideo: CIFCSA.

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Para além dos Grenais: os primeiros momentos do futebol porto-alegrense

25/09/2018

Cleber Eduardo Karls

cleber_hist@yahoo.com.br

Nos anos finais do século XIX a capital do Rio Grande do Sul ainda não possuía uma associação destinada ao futebol, mas notícias acerca do sucesso deste novo esporte ecoavam nos jornais provincianos. A imprensa noticiava o cotidiano das universidades inglesas e comentava o seu apreço pelas práticas esportivas, dentre elas o futebol, que seria brevemente adotado como uma das mais celebradas atividades de Porto Alegre.

Mas esta prática de origem britânica não estava tão longe do sul do Brasil. Prestigiada foi a promessa de uma visita a Porto Alegre do team de futebol do primeiro clube dedicado a este esporte no Brasil, fundado no ano de 1900: o Sport-Club Rio Grande, da cidade de Rio Grande. Com a festejada novidade, a imprensa noticiava e descrevia a seus leitores o que era o futebol. Conceitos básicos como o número de jogadores, o gol, objetivo máximo do jogo, assim como a necessidade de se usar somente os pés e a cabeça eram expostos aos curiosos porto-alegrenses através dos periódicos.

Outra curiosidade sobre este esporte no início do século XX era a adoção de grande quantidade de termos em inglês, e que nos primeiros tempos do futebol porto-alegrense era regra. Compreensível, visto que é uma atividade que surgiu e se desenvolveu primeiramente na Inglaterra. As partidas se chamavam match, os jogadores foot-ballers, assim como muitas posições tinham o seu nome em língua estrangeira: goal-keeper, back esquerdo, back direito, half esquerdo, half centro, half direito.

A exibição do Sport-Club Rio Grande aconteceu em um campo improvisado no Parque da Redenção (Farroupilha), palco de tantos espetáculos da capital do Rio Grande do Sul. Todos os dirigentes de clubes esportivos da capital foram convidados a fim de presenciarem a novidade. A admiração frente ao novo esporte rendeu, dias após, a fundação dos dois primeiros clubes de futebol de Porto Alegre, realizados no dia quinze de setembro de 1903: o Fuss-Ball Club Porto Alegre e o Grêmio Foot-Ball Porto-Alegrense. O primeiro, fundado por sócios do clube de ciclismo Blitz, de origem reconhecidamente germânica, tendo na sede do referido clube seu primeiro local de jogos. Já o Grêmio empossou sua primeira diretoria no dia sete de outubro de 1903, composta pelo presidente: Carlos L. Bohrer; vice-presidente: Joaquim F. Ribeiro; primeiro secretário: Alberto L. Siebel; segundo secretário: Guilherme Kaelfels; tesoureiro: Pedro Schuck. Estas duas equipes polarizariam por alguns anos as principais disputas de futebol da cidade. Se o campo do Fuss-Ball Club Porto Alegre funcionava junto a Blitz, na Rua Voluntários da Pátria, o Grêmio fazia seus matchs no bairro Moinhos de Vento, na sede da Sociedade de Atiradores.

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Bandeira do Fuss-Ball Club Porto Alegre

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 No início de 1904 fora anunciada a primeira disputa entre os dois times porto-alegrenses, que se realizaria no campo da sociedade Blitz no dia seis de março daquele ano e que daria início ao chamado Wanderpreis, que se consistia em uma competição semestral até 1907, quando passou a ser anual.  Foi um torneio patrocinado pelo banco Brasilianische Bank für Deutschland, popularmente conhecido como “Banco Alemão”. Foram dois jogos na mesma tarde, sendo o Grêmio o vencedor de ambos, pelo mesmo placar de 1 a 0.

Mesmo sendo o Wanderpreis a principal competição porto-alegrense até 1910 quando foi criado o campeonato citadino de Porto Alegre pela Liga Porto-Alegrense de Foot-Ball (LPAF), assim como o Grêmio e o Fuss-Ball as duas destacadas equipes da cidade, muitos outros times começaram a surgir e a tornar o esporte cada vez mais popular. São exemplos de times contemporâneos a estes o Sport Club da Bola, Foot-Ball Redempção, Grêmio Foot-Ball Internacional, Sport Club Cruzeiro do Sul, Foot-Ball Club. Pequenas equipes que faziam parte do cenário esportivo porto-alegrense do início do século XX.

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Grêmio tricampeão do Wanderpreis (1904, 1905, 1906)

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É correto afirmar que o Grêmio Foot-Ball Porto-Alegrense já se destacava frente as demais equipes da cidade em relação ao desempenho. Até mesmo na disputa do clássico da cidade, contra a equipe do Fuss-Ball, a superioridade técnica da equipe do Moinhos de Vento era visível. Ao Grêmio era creditado a prosperidade e o gosto generalizado pelo sport, assim como a introdução do nobre ideal da educação física, que era descrita como “único e principal fator na conquista da atividade humana”. No entanto, foi no final da primeira década do século XX que surgiria o seu eterno rival, o Sport Club Internacional, fundado em 4 de abril de 1909 e que abriria caminho para o surgimento e engrandecimento da maior rivalidade do Rio Grande do Sul e uma das maiores do Brasil, o clássico Grenal.

Importante destacar que a palavra “internacional” era um termo recorrente e já bastante utilizado entre associações esportivas porto-alegrenses daquela época. Acontece que em muitas agremiações eram aceitas somente pessoas de determinadas procedências étnicas. Porto Alegre, no caso, tinha os seus dois principais clubes de futebol ligados à comunidade teuto-brasileira, o que limitava o acesso de muitos foot-ballers ao esporte nestes clubes. Esta seria a proposta, portanto. Este clube nasceria com a missão de atender as mais diversas nacionalidades e descendências, ele seria “internacional”.

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Fundadores do S.C. Internacional. Da esquerda para a direita:Valdemar Fachel, Antenor Lemos, Luiz Madeira Poppe, Helderberto Mendonça, Adroaldo Fachel, Bejamim Vignoles, Rodolfo Vignoles, Horácio Carvalho, Joaquim Carvalho, José Poppe, Henrique Poppe Leão e João Leopoldo Seferin (presidente)

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A fundação do Sport Club Internacional está ligada aos irmãos Poppe: Henrique Poppe Leão, José Eduardo Poppe e Luiz Madeira Poppe. Família de origem italiana que chegou de São Paulo e que fora o principal articulador deste novo clube de futebol. O “inter” teve o seu ato de fundação na casa do seu primeiro presidente, João Leopoldo Seferin, que emprestou o porão da residência do pai para a reunião de fundação do clube, na Rua da Redenção, 141 (atual Avenida João Pessoa, na altura do número 1.025). Para presidente honorário foi escolhido Graciliano Ortiz, militar e homem de influência na cidade. Também devido a este prestígio do Sr. Ortiz, é que o Internacional obteve junto à Intendência o seu primeiro campo: a Ilhota (atual Praça Sport Club Internacional).

A dedicação e a empolgação do internacional era tamanha, talvez até por necessidade de afirmação enquanto clube de futebol, que no mês de junho de 1909 já estava combinado o primeiro de centenas de matchs que aconteceriam entre o S.C. Internacional e o Grêmio F.B.P.A. Os jornais colocavam o desafio como uma consagração brilhante e digna do futebol, num match importante e renhidíssimo. O primeiro Gre-nal da história foi disputado no campo do Grêmio, no bairro Moinhos de Vento no dia 18 de julho de 1909 e anotou a maior goleada de todos os tempos, com 10 tentos a 0 para o Grêmio.

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Programa do primeiro Grenal.

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A crônica jornalística registrou o evento como de proporções de um verdadeiro acontecimento no mundo esportivo da capital. Desde cedo a cidade se movimentou, com seus carros e bondes em direção ao Moinhos de Vento para prestigiar o desafio. O Grêmio era colocado como um poderoso team, composto de jogadores experimentados e que tantos aplausos tem colhido, tanto nos seus jogos quanto nos seus treinos. O Internacional era uma promissora nova equipe de amantes do esporte bretão.

E o que aconteceu foi justamente a supremacia de uma equipe experiente sobre uma novata, em um largo placar de 10 a 0 na primeira disputa de centenas que viriam a acontecer até hoje. No entanto, o clima de cordialidade prevaleceu. Um baile foi promovido para celebrar o acontecimento, com brindes, danças, discursos e agradecimentos de ambos os lados.

A prática do futebol em Porto Alegre com o desenvolvimento do século XX ganhou cada vez mais adeptos e era comum verificar a existência de muitas disputas concomitantes na cidade. Eram matchs internos (jogos envolvendo somente os jogadores do próprio clube), matchs externos (desafios entre clubes) sendo realizados em muitos locais da cidade em um mesmo dia. Enfim, se Porto Alegre já era uma cidade adepta das diversões e dos esportes em geral, se rendeu ao enorme sucesso que galgou o jogo bretão.

O esporte era um sucesso. Este processo de crescimento da prática do futebol, que ocorria não somente em Porto Alegre, mas em grande parte do Brasil, principalmente nas suas grandes cidades, era irreversível. Mesmo ainda em um contexto amador, que no Rio Grande do Sul se profissionalizou somente com o decorrer da década de 1930, seus clubes e praticantes já tinham um status elevado e, de certa forma, reconhecimento nacional que daria origem a um dos mais importantes polos futebolísticos do país e do mundo, com dois clubes campeões mundiais da modalidade.

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Desenvolvimento do Esporte: na trilha do Lazer?

12/08/2018

Por Flávia Cruz (flacruz.santos@gmail.com)

No post anterior, meu primeiro aqui no História(s) do Sport, tentei apresentar, ainda que brevemente, indícios de que a industrialização não foi um elemento tão decisivo assim, para a configuração do esporte na cidade de São Paulo. Terminei compartilhando a seguinte pergunta: não haveria elementos mais importantes do que a industrialização, para o desenvolvimento dos esportes na capital paulista? Alguns indícios empíricos de pesquisa, me levam a suspeitar que sim.

Um desses indícios, está ligado à natureza do esporte no século XIX paulistano. Em pesquisa sobre a história do conceito de divertimento, realizada a partir da proposta da história conceitual do historiador alemão Reinhart Koselleck, uma prática que identifiquei como divertimento foi justamente o esporte. Não é que isso seja, exatamente e completamente, uma novidade. Inúmeros trabalhos de Victor Andrade de Melo[1] sobre o Rio já apontaram a indissociação entre esporte e diversão, quando dos seus primórdios. Sobre a cidade de São Paulo, Edivaldo Gois, em artigo, também já indicou tais imbricamentos, mesmo em momento posterior, já no século XX.

Mas o fato de o esporte ser uma das atividades englobadas pelo polissêmico conceito de divertimento, de ser buscado pelos paulistanos quando desejavam alegria, prazer, regozijo, de estar ao lado de práticas como os bailes, o teatro, a música, as zombarias, as touradas, os jogos, a leitura, compartilhando com elas sentimentos, expectativas e funções pode ser um indicativo de como se deu sua configuração. A novidade então, no Brasil, seria compreender o esporte, sua configuração e desenvolvimento na trilha de outras práticas culturais de divertimento.

Tendo em vista que o esporte foi a última prática cultural a chegar à cidade de São Paulo – das que identifiquei como divertimento até 1889 –, e que quando isso aconteceu outras práticas já gozavam de um desenvolvimento mais avançado, como as touradas, o teatro, a dança, não seria pertinente pensar que o esporte se desenvolveu na esteira dos divertimentos que o antecederam, que ele encontrou condições para a sua configuração graças a essas práticas?

Para dar um exemplo, vejamos o caso das touradas em São Paulo, estudado por Victor Melo e por mim e publicado em artigo. Tal divertimento acontecia na capital paulista desde o século 18, patrocinado pelo Estado. Durante o século 19, as touradas assumem novo formato, se tornam eventos empresariais. O Estado, ao invés de ter gastos com sua organização, como outrora, passou a obter receitas, tendo em vista o pagamento de impostos pelas empresas de tauromaquia para a realização dos espetáculos. Os empresários precisavam contratar profissionais, entre eles os toureiros, precisavam pedir licença à Câmara, adquirir gado, divulgar o evento, vender ingressos.

Esse último elemento, colocava uma nova exigência aos organizadores do espetáculo: agradar ao público. Sem isso, o negócio não prosperava, pois o público não comparecia e ainda reclamava, o que, por vezes, gerava incidentes. A necessidade de agradar ao público, fez com que os empresários lançassem mão, rotineiramente, de “novidades”. Eram mais ou menos o que chamaríamos hoje de estratégias mercadológicas. Se os touros ou toureiros não eram bons, a novidade era uma mulher toureira, ou números cômicos e musicais nos intervalos, a realização de sorteios, bem como a diversificação das técnicas de tourear.

Havia, constantemente, a tentativa de aperfeiçoar o espetáculo, de agradar ao público. Quanto maior a expertise do empresário, maior o sucesso das touradas. Em São Paulo o grande nome desse “gênero de divertimento” foi Francisco Pontes. Com passagem por cidades do Brasil e da Europa, esse empresário sabia adequar o espetáculo às exigências dos novos tempos. Instituiu uma diferenciação nos preços dos ingressos, criando o modelo “sol e sombra”, usava estratégias discursivas nos anúncios dos espetáculos, se ligava à causas de interesse público, sua trupe era competente, ele mesmo possuía muitas habilidades como toureiro. É um bom exemplo de empresário do ramo do entretenimento já no século XIX.

As mulheres eram presença frequente nos espetáculos tauromáquicos, como público. Mas foram também, em algumas ocasiões, toureiras e cavaleiras. Nomes como os de Maria de Aguiar Barbosa, Anna Angelica do Espírito Santo, Julia Rachel, Josephina Baggossi, figuraram nas arenas paulistanas, causando frenesi.

O que tento demonstrar com esse exemplo, é que os divertimentos anteriores ao esporte criaram não apenas uma certa ambiência para o desenvolvimento esportivo, mas condições concretas para que isso se desse. A estrutura organizacional, a exibição do corpo humano, inclusive o feminino, em exercício, a exposição ao perigo, a organização de arenas, as estratégias de mercado, são alguns dos elementos que as touradas desenvolveram ou ajudaram a desenvolver, e que podem ter sido aproveitadas pelo esporte para sua configuração. O teatro, a dança, a música, também podem ter oferecido contribuições ao esporte e à sua estruturação?

As questões bem como o raciocínio aqui apresentados tem algumas implicações. Significa e torna necessário pensar o esporte de modo menos autônomo, como uma prática que se desenvolveu em relação com outras, podendo, inclusive, ter se aproveitado de certas estruturas e elementos, desenvolvidos por essas outras práticas, para avançar.

[1] Alguns exemplos: MELO, Victor Andrade de. Esporte e lazer: conceitos – uma introdução histórica. Rio de Janeiro: Apicuri/Faperj, 2010. MELO, Victor Andrade de. O esporte como forma de lazer no Rio de Janeiro do século XIX e década inicial do XX. In: MARZANO, Andrea; MELO, Victor. (orgs.). Vida divertida: histórias do lazer no Rio de Janeiro (1830-1930). Rio de Janeiro: Apicuri, 2010.


A Sociedade Recreio Marítimo: primeira agremiação náutica do país

03/06/2018

por Victor Andrade de Melo

Em 1851, funda-se a Sociedade Recreio Marítimo, a primeira agremiação náutica do país. No final desse ano, Francisco Leão Cohn, filho de negociante francês, militar de destacada carreira, funcionário da Alfândega, secretário do clube, informou que já se contava com 200 sócios e se começava a preparar a primeira regata. Os interessados em competir deveriam se inscrever com o já citado João Manuel Corte Real. Há um diferencial se compararmos com as corridas de cavalos: se estabelecia que amadores deveriam tripular os escaleres[1].

Os preparativos da regata inaugural passaram a ser acompanhados com expectativa, sendo a data estabelecida a partir da confirmação da presença do Imperador. Além disso, teve-se em conta o perfil dos associados para definir o dia 1 de novembro de 1851. Embora houvesse trânsito e coincidências entre os grupos, percebe-se outra diferença entre os envolvidos com o turfe e com o remo:

A escolha do sábado foi determinada por duas razões: a maior parte dos sócios e amadores que têm de entrar nos diferentes páreos pertence à classe do comércio e muitos deles, por princípios religiosos, aos domingos não podem entrar em trabalhos dessa ordem; assim como em dias úteis perde a sociedade a cooperação dessas pessoas que não podiam ser distraídas das operações comerciais[2].

Há duas questões que merecem nossa atenção. A primeira é o limite imposto pela religião: no futuro isso se dissolverá, o esporte se tornará mesmo um concorrente dos cultos, o profano conquistará muitos espaços do sagrado. Na verdade, já naquele ano de 1851, a medida parecia atender mais aos hábitos religiosos de estrangeiros, notadamente de britânicos.

Deve-se também destacar o envolvimento de gente do comércio com a prática de atividades físicas, que, como vimos, no caso do remo era um elemento pronunciado, ao contrário do turfe. Isso será observado em outras ocasiões, como, por exemplo, com as touradas e a ginástica[3].

Como no caso das corridas de 1850, houve grande preocupação em explicar os detalhes técnicos das provas: o horário (em função da condição do mar e do clima), o percurso (tendo em conta o desempenho dos remadores, mas também o público que desejava assistir às contendas), os páreos, disputados por ingleses, alemães, americanos e brasileiros, a maior parte desses ligados à Armada.

Os jornais, aliás, lembravam que os europeus já organizavam regatas com um fim específico: “Nos outros países refutam-se tais funções como incentivos para a construção naval e para a marinha nacional, e os monarcas lhes prestam sua presença e proteção”[4].

Uma vez mais vemos a mobilização da ideia de utile dulce: tratava-se de um divertimento sim, mas que tinha muitas utilidades para a nação. Uma delas, argumento bem semelhante ao de desenvolvimento da raça de cavalos, seria o aperfeiçoamento da Armada. Seu valor parecia irrefutável: era uma diversão séria.

Isso ajuda a entender que um traço do desenvolvimento esportivo nacional seja a constante presença de militares, os do Exército mais ligados ao turfe, enquanto os da Armada mais ao remo, um quadro que vai se complexificar às vésperas da proclamação da República, quando os civis republicanos relacionavam-se mais ao segundo, preferido daquela Força Armada que se mantivera mais monarquista, na mesma medida em que os civis monarquistas preferiam o primeiro, mais ligados à Força na qual o pensamento republicano floresceu.

No que tange à organização do evento, havia uma notável preocupação: em função das peculiaridades da modalidade, como oferecer condições de confortos aos influentes que comparecessem? A solução encontrada foi: alguns proprietários de casas na praia de Botafogo as ofeeceram para recepção; foram cedidas, para acolher alguns convidados, salas do Hospício Pedro II (hoje campus da Praia Vermelha da Universidade Federal do Rio de Janeiro); uma parte do público se distribuiu por navios a vapor e embarcações a vela, que também demarcavam a raia. Refrescos, boa comida, músicas e danças eram oferecidos como atrativos à parte[5].

Chegou a haver um debate sobre os moldes do evento, tendo alguns estranhado o horário (manhã) e o local da raia (na altura da praia da Saudade, hoje ocupada pelo Iate Clube do Rio de Janeiro). Segundo os críticos, o calor e a dificuldade de acesso afastariam os interessados, sendo melhor transferir para a parte da tarde e utilizar a faixa que já estava consagrada pelas corridas de cavalos (o trecho que vai do Caminho Velho, atual Senador Dantas, até a São Clemente): “salvo se o divertimento é exclusivo para os sócios, e o público for considerado intruso nele”[6].

O debate antecipa em alguns anos o que se constituirá em outro diferencial do remo em relação ao turfe: o seu caráter supostamente mais popular por ser realizado em um espaço público, em que não era necessário pagar ingressos. Aliás, a regata de 1851 ocorreu no mesmo local onde a modalidade viveria seu momento áureo, no qual, nos anos iniciais do século XX, seria construído, por Pereira Passos, o Pavilhão de Regatas, a primeira tribuna fixa para a modalidade náutica[7].

Atendendo aos pedidos, o horário foi alterado para a tarde. Um conjunto de remadores, todavia, ameaçou não competir, sugerindo que não faria bem fazer exercícios físicos depois de jantar (que na ocasião ocorria ao redor das 14-15 horas). Os jornais criticaram muito tal posição[8]. Um dos sócios, que, assina como Remador, defendeu o ponto de vista dos competidores, mas conclamou:

Pedimos-lhes em nome da associação que compareçam, remem, brinquem, dancem, em uma palavra, que não deem cavaco; e aconselhamos-lhes também que finda as festas providencias tomemos em nossos estatutos para que não possam ser eles alterados à vontade da minoria contra a maioria[9].

A regata inaugural entusiasmou mesmo um setor da cidade. Às vésperas, a matéria de capa da Marmota na Corte (que se apresentava como “jornal de modas e variedades”) é uma expressão dessa expectativa. De início, se elogia um dos dinamizadores do Recreio Marítimo, Angelo Muniz da Silva Ferraz, inspetor da Alfândega e importante político do Império (foi ministro e agraciado com o título de Barão de Uruguaiana), por liderar uma iniciativa que poderia contribuir para solucionar um sério problema da cidade: “A falta de divertimentos públicos e gratuitos”[10]. Ressaltava-se o fato de que, para comparecer aos eventos náuticos, bastaria apenas arcar com as despesas de “transporte e comestível”.

Para o cronista, merecia ainda destaque o fato de que o divertimento era adequado à presença feminina. Lembrava que Ferraz também era dirigente do Recreação Campestre, outra agremiação que acolhia bem as mulheres, inclusive em função do grande número de bailes que promovia.

Sendo uma expressão dos “novos tempos”, para o periodista não surpreendeu que a iniciativa contasse com o apoio do Imperador e da família real, que honrariam: “com suas presenças o divertimento da fogosa mocidade nacional e estrangeira”. Para ele: “Assim o Magnânimo Príncipe se mostra o primeiro a interessar-se pelo seu povo, tanto no que lhe é útil, como no que lhe pode ser agradável. Deus o ajude e lhe conserve os dias para que seja o penhor da paz e da integridade do Império”. A celebração, enfim, era intensa:

Como lindo o Botafogo

Não ficará nesse dia,

Vendo correrem de aposta

Muitos botes à porfia!

De carros e seges a praia hordada,

Bordado de moças o cais ficará.

De imensa faluas aquela enseada

Que vista agradável então formará!

Patuscos folgai

Que tendes ensejos

De pordes em prática

Os vossos desejos!

Voar hade a notícia da Regata

Desde o Amazonas

Até o Prata.

Se a expectativa era grande, o resultado não deixou a desejar. O Correio Mercantil dedicou quatro colunas para comentar o evento. Para o cronista, a cidade já tinha “bailes mascarados”, “óperas italianas”, “corridas de cavalos”,: “só nos faltavam na verdade as regatas, que, para ser francos, devemos dizer, consideramos mais úteis (…)”[11]. O momento era mesmo de otimismo:

Somos hoje na verdade o povo mais feliz do mundo! Tudo anda neste belo Rio de Janeiro às mil maravilhas! Divertimentos e mais divertimentos! As sociedades bailantes multiplicam-se, as de música crescem progressivamente, os soirées e saraus dão-se de continuo, as corridas de cavalos ao Prado Fluminense, a Regata recreio marítimo!! E até o Pão de Açúcar já serve para um tour de promenade; e isto sem falarmos nos nossos dois teatros que com suas portas abertas dão ingresso quase todos os dias aos espectadores destes divertimentos. E que viva o pais que nos viu nascer, que vai todo em folia[12].

A ideia de utile dulce a todo momento veio à tona. Para um jornalista, era urgente desenvolver o espírito marítimo no Brasil, em função de sua imensa costa. Nesse sentido, “nada pode contribuir tanto para esse resultado do que as regatas, que fazem tomar para objeto de divertimento aquilo que em outras ocasiões é considerado pesadíssima tarefa”[13]. Os exemplos da Inglaterra, França e Estados Unidos são mobilizados como comprovações dessa utilidade.

Haveria ainda outra grande potencialidade. Como supostamente nossa “raça” seria “naturalmente fraca e indolente”, o remo seria o estímulo necessário para reverter tal situação: “o exercício de remar é um dos mais violentos, porém ao mesmo tempo é um dos que mais desenvolve a força física”. Para ele, com o apoio do governo, a modalidade traria benefícios inegáveis para a população.

Segundo o empolgado cronista, o novo espírito público propugnado pela Sociedade Recreio Marítimo fazia-se sentir já nas embarcações destinadas aos convidados, que conversavam de forma animada, amistosa e respeitosa, inclusive desfrutando da companhia de “belas e elegantes senhoras”.

O aspecto da enseada também chamou sua atenção: eram embarcações diversas ancoradas e muito público espalhado na areia e nas casas da praia de Botafogo. De uma delas, de propriedade do na época Visconde de Abrantes, D. Pedro II e a família real assistiram às competições[14].

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1ª Regata da Sociedade Recreio Marítimo na Enseada de Botafogo em 1º de Novembro de 1851

Litografia (300 x 480 mm) de A. L. Guimarães, impressa na oficina de Heaton e Rensburg. Acervo da Biblioteca Nacional (FERREZ, Gilberto. A muito leal e heroica cidade de São Sebastião do Rio de Janeiro. Rio de Janeiro, Castro Maya, 1965).

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Entre as provas, parece ter chamado a atenção um páreo em que se enfrentaram equipes de alemães, ingleses, americanos e brasileiros, sagrando-se vencedora, para entusiasmo do público, a guarnição do escaler Nympha, que competia com a bandeira do Brasil na proa e na proa. O clima de grande festividade se misturava ao de patriotismo, que chegou a seu auge por ocasião da cerimônia de premiação, quando o hino nacional foi executado em homenagem ao Imperador. Não houve, aliás, prêmios em dinheiro, apenas presentes. Deixava-se claro que eram amadores os competidores.

Segundo os cronistas, comentou-se largamente que foi das maiores celebrações já vistas na capital. Estima-se que mais de 10 mil pessoas tenham comparecido ao evento, elogiado pela organização e animação. Os principais diretores do Recreio Marítimo, os já citados Ferraz e Cohn, bem como Leopoldo Augusto da Camara Lima (Barão de São Nicolau, Guarda-Mor da Alfândega) e Joaquim Marques Lisboa (o futuro Almirante Tamandaré), foram exaltados pelo contributo dado à nação. Para um jornalista, o Brasil finalmente “adquiriu o direito a poder marcar uma época de civilização, de confraternidade, de magnificência”[16].

Ainda demoraria alguns anos para o remo definitivamente se consolidar. De toda forma, parece possível afirmar que, naqueles meados de século, o esporte já era apreciado pela população, articulando-se com as mudanças pelas quais passava a sociedade da Corte e com alguns importantes temas da nação. O campo esportivo já tinha, ainda que embrionariamente, seus elementos constituintes delineados.

[1] Diário do Rio de Janeiro, 20/10/1851, p. 2.

[2] Correio Mercantil, 27/10/1851, p. 3.

[3] Para mais informações, ver: MELO, op. cit., 2013b; MELO, op. cit., 2013c; e PERES, MELO, op. cit.

[4] Correio Mercantil, 27/10/1851, p. 3.

[5] O evento, aliás, terminou com um grande baile, oferecido em um barco, que só terminou à meia-noite.

[6] Correio Mercantil, 28/10/1851, p. 1.

[7] MELO, op. cit., 2001.

[8] Correio Mercantil, 31/10/1851, p. 1.

[9] Correio Mercantil, 31/10/1851, p. 3.

[10] Marmota na Corte, 31/10/1851, p. 1.

[11] Correio Mercantil, 3/11/1851, p. 1.

[12] Periódico dos Pobres, 4/11/1851, p. 1.

[13] Correio Mercantil, 3/11/1851, p. 1.

[14] Tratava-se da mesma casa onde seu pai, Pedro I, acompanhara as corridas de cavalos de 1825.

[15] Litografia (300 x 480 mm) de A. L. Guimarães, impressa na oficina de Heaton e Rensburg. Acervo da Biblioteca Nacional (FERREZ, Gilberto. A muito leal e heroica cidade de São Sebastião do Rio de Janeiro. Rio de Janeiro, Castro Maya, 1965).

[16] Uma descrição mais detalhada e menos apaixonada das regatas pode ser vista em: Diário do Rio de Janeiro, 3/11/1851, p. 1.

* Para mais informações, ver:

MELO, Victor Andrade de. Antes do club: as primeiras experiências esportivas na capital do império (1825-1851). Projeto História, São Paulo, v. 49, p. 1 – 40, 2014.

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La Villa del Cerro y sus clubes de fútbol: Rampla Jrs. y Cerro.

01/05/2018

por Gastón Laborido (gaston_laborido1@hotmail.com)
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Presentación teórica

El fútbol como fenómeno social, genera manifestaciones en otros espacios sociales. Es una de las prácticas sociales de identificación colectica más importantes, en tanto es un fenómeno que trasciende las expresiones características propias de fútbol como práctica y se convierte en algo total (cultural, político y económico).

Se convierte en una actividad global desde que rompe con las fronteras de su origen. En este sentido, Jean-Marie Brohm (1993) indica que el deporte surgió en el siglo XIX como práctica de clase, adquiriendo significaciones diferentes según las clases sociales. En los inicios, la burguesía concebía al deporte como ocio, como una forma de pasatiempo. Con el correr del tiempo se fue popularizando y adquiriendo nuevos significados, entre ellos la identificación colectiva.

“En esta dinámica incluyente del fútbol –de totalidad y globalidad- la sociedad se retrata y representa, pero también se cohesiona para dar sedimento al sentido nacional (Dávila, 2003). El fútbol es un sistema de relaciones y representaciones, que produce una integración simbólica de la población alrededor de los múltiples componentes que tiene, produce o atrae; sea a partir de la práctica deportiva como de las esferas que lo rodean directa o indirectamente”. (Carrión, F., s/f).

Es necesario pensar el deporte desde nuevos abordajes teóricos y metodológicos. Para ello, Patricia Falco Gonevez (1998) entiende que para abrir esta posibilidad de análisis, podemos pensar al deporte como un objeto de la Historia social o de la Historia cultural. Desde esta perspectiva, las investigaciones deben pensarse a partir de las ventajas formativas que brinda la Historia social y cultural, y también de la necesidad de incorporar nuevas fuentes en el análisis histórico.

Es fundamental utilizar el deporte como objeto relevante para entender la sociedad. El deporte permite explicar las relaciones sociales, puesto que el deporte, en tanto fenómeno social, se relaciona con otras esferas de la vida cotidiana como la sociedad y la política. En esta línea, la problemática de la identidad como distinguibilidad (Giménez, G., 1997) recobra vital importancia e interés, ya que el fútbol como práctica supone un espacio de identificación colectiva y de construcción de identidad.

En consecuencia, una posible aproximación es el tema de la identidad (social) en el fútbol. Como señala Luis Antezana (2003) “(…) podría ser considerado como parte del debate entre las identidades culturales vs. las metaidentidades –o identidades universales. Hoy en día, ese debate supone una suerte de axioma: es necesario afirmar –es decir, no negar- las diversas identidades culturales existentes.” (p. 91).

El objeto de estudio: la Villa del Cerro y sus clubes de fútbol

Los espacios están profundamente signados por dispositivos que exceden su propio contexto histórico y político. Los clubes de fútbol no escapan a ello. En este texto, tomo como punto de partida un barrio particular de Montevideo, la Villa del Cerro y sus clubes de fútbol profesionales: Rampla Jrs. y Cerro.

El objetivo de esta escritura, que no surge de una investigación,  es poner como tema de debate la cuestión de las identidades sociales, en relación al club social como espacio de interacción y de formación/consolidación de vínculos.

La “Villa del Cerro”, popularmente denominado barrio “Cerro”, fue fundada en 1834 bajo el nombre de “Villa Cosmópolis”. Es uno de los sesenta y dos barrios de Montevideo, se ubica en la zona oeste de la ciudad a unos quince kilómetros del centro. Su nombre se debe a la elevación de 136 mts. de altura que está en la zona. Cuenta con una población de 35.498 habitantes (según el Censo Nacional de 2004 del INE), en una ciudad de 1.4000.000 habitantes. Los límites del barrio son: al sur la rambla Suiza; al este la rambla Egipto; al oeste Camino Cibils y al norte la calle Carlos María Ramírez.

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Foto: La estampa del Cerro con su fortaleza a orillas del río. (Francisco Flores). Fuente: https://www.elpais.com.uy/informacion/juntan-firmas-cerro-independizarse-montevideo.html

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Los elementos de identidad que lo caracterizan son variados y gozan de una contundente y precisa definición. Se trata de un barrio constituido en su mayoría por inmigrantes de variadas procedencias en el siglo XIX, que creció en torno a polos industriales como los saladeros. Selecciono el barrio Cerro por una cuestión personal: soy profesor de Historia y toda mi actividad docente hasta ahora ha sido en el Liceo 11, “Bruno Mauricio de Zabala”, ubicado en el barrio Cerro de Montevideo. El liceo 11 tiene toda una identidad institucional que se fue gestando con el tiempo de la mano de docentes y fundamentalmente de la comunidad cerrense. En efecto, estar presente en esa institución, posibilita el acercamiento a la identidad del barrio y genera deseo de conocer su historia.

Desde el punto de vista futbolístico, se trata de un barrio en el cual casi exclusivamente los habitantes son de Rampla Jrs. o Cerro, por eso los enfrentamientos entre ambos equipos generan una atmosfera muy especial, denominado “El clásico de la Villa”. A su vez, ambos equipos poseen un fuerte arraigo en gran parte de la zona oeste de Montevideo, sobre todo en barrios vecinos como Casabó, Paso de la Arena, Pajas Blancas, Santa Catalina.

Trabajar con el Cerro implica trabajar con una identidad urbana y barrial particular. Esto supone, analizar el espacio geográfico del Cerro, en función de sus instituciones formales, los vínculos sociales que la crean y recrean, así como las subjetividades que la dotan de sentido. El espacio es un hecho eminentemente social, es una mirada donde la sociedad es constructora y destructora y donde existen movimientos dependientes y dominantes en que los seres humanos están inmersos. Por lo tanto el espacio es una realidad y una categoría de comprensión de la realidad.

El espacio es una construcción social que llevó un proceso, por lo cual está signada a continuar cambiando, construyéndose y reconstruyéndose. La selección de tales espacios se debe a que los clubes sociales se instauraron desde su fundación como espacios barriales y comunitarios, creando sólidos vínculos vecinales.

El Cerro: barrio con identidad y tradición futbolera

El Cerro es un barrio con historia. Se trata de una zona de tradición y formación cultural proveniente del flujo migratorio europeo de los siglos XIX y XX. Los últimos contingentes vinieron del este de Europa: Yugoslavia, Polonia, Lituania, entre otros, junto a españoles, italianos, griegos y armenios; acabaron por darle a la Villa del Cerro un perfil culturalmente plural.

Allí se formó un barrio tradicional de inmigrantes laboriosos que con el tiempo ha venido a constituirse también en interesante enclave turístico, con la histórica fortaleza militar, la rambla y la misteriosa Casa de la Pólvora, una construcción de fines de siglo XVIII que sirvió de polvorín militar.

El Cerro es un barrio con una tradición de trabajo y lucha, defendiendo derechos de inmigrantes y obreros. Esta tradición organizada, se forjó a raíz de la industria de la carne. La intensa actividad industrial, acelerada a partir de la segunda mitad del siglo XIX fue impulsada por los saladeros que producían básicamente charque, generando unos tres mil puestos de trabajo hacia el 1900. Los saladeros fueron ubicados en la zona del Cerro, sobre ambas márgenes del arroyo Pantanoso, puesto que en el año 1836 el Poder Ejecutivo mediante decreto estableció que los establecimientos que se dedicaran a la salazón de carne tendrían que estar lejos de la ciudad.

A inicios del siglo XX, como consecuencia de la Revolución Industrial y del desarrollo de moderna tecnología, los saladeros fueron desplazados por un nuevo tipo de industria, los frigoríficos. Un grupo de capitalistas uruguayos fundaron en los predios de tres saladeros el primer frigorífico uruguayo para la explotación de nuevos sistemas en la conservación de carnes, a través del enfriamiento y la congelación. Se denominó “La Frigorífica Uruguaya”, y en diciembre de 1904 comenzaron las faenas en dicha empresa, logrando su primera exportación a Londres en marzo de 1905. En 1911 pasó a manos de una compañía anglo-argentina llamada “Sansinena & Cia”, que en 1929 arrendará sus instalaciones al Frigorífico Nacional, creado en 1928 y que funcionaría como ente testigo para controlar la industria cárnica del Uruguay.

En 1911 fue fundado en Punta Lobos el “Frigorífico Montevideo”; pero en 1913 adoptó el nombre de “Frigorífico Swift”, ya que fue adquirido por la compañía Swift, perteneciente a un consorcio norteamericano. Otro de los frigoríficos importantes fue el “Frigorífico Artigas”, que empezó a faenar en octubre de 1917. Se trató de una sociedad anónima conformada por estancieros uruguayos, quienes vendieron el frigorífico años después a la empresa de Chicago “Armour”.

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La industria frigorífica supuso la principal fuente de ingresos para el Uruguay y empleó calificada mano de obra barrial. En términos de identidad barrial, la época de los frigoríficos, constituyó el núcleo central de la historia de base que permitió ordenar valores que siguen visualizándose como característicos del lugar. El trabajo, la solidaridad y el mutuo conocimiento, es decir, la convivencia sin desconfianza ni violencia. En este sentido, están relacionados estos valores con un pasado en que las condiciones materiales y laborales permitían consolidar un comportamiento territorial con énfasis autóctono, dentro de un complejo urbano. También contribuyó la intensa actividad sindical que construía lazos de unión entre la población de obreros y sus familias. Al respecto, el historiador Aníbal Barrios Pintos se refería al Cerro de la siguiente manera:

La Villa del Cerro tiene una enorme trascendencia en el desarrollo económico de la república. La industria saladera y frigorífica la eligió como máxima sede, dándole una fisonomía intransferible. Insufrible vaho de sangre y carroñas; fábricas de labor sin pausa, que convierten la riqueza semoviente en divisas de comercio de carnes; calles pobladas de gente humilde, laboriosa, con una decidida conciencia obrerista: todo eso ha sido el Cerro, de bravías tradiciones, de gente sufrida, de familias muy unidas, que han coreado el nombre del país en horas de alegría y atrapado la atención del Uruguay entero, en horas de hoscas huelgas casi revolucionarias. (Barrios Pintos, A., 1971, p. 42).

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Desde el punto de vista deportivo, el fútbol llegó a Montevideo hacia fines del siglo XIX, cuando los ingleses lo introdujeron en el Río de la Plata y en otras partes del mundo, de la mano del ferrocarril, intercambios con la marinería y de la acción de los colegios ingleses. En ese contexto, Uruguay asistía a la conformación del Estado y de la nacionalidad. Tal como ocurrió en Buenos Aires, el fútbol se popularizó rápidamente en Montevideo durante la primera década del siglo XX, con la fundación de una gran cantidades de clubes.

En la primera década del siglo XX el fútbol se expandió por los barrios de Montevideo, llegando también a la Villa del Cerro. Existieron varios clubes en el Cerro que llevaban el mismo nombre de la Villa Cosmópolis, incluso afiliados a la AUF, como el Club Atlético Cerro que participó en la Tercera Extra de 1917.

En 1919 se mudó a la Villa del Cerro el club Rampla Juniors Football Club, equipo que militaba en la segunda división de la asociación y que se había fundado el 7 de enero de 1914 en la zona de la Aduana, generando muchas resistencias por parte de los más localistas de la barriada.

El origen histórico de Rampla fue en el café y bar “Trocadero” en la rambla portuaria de Montevideo, en la calle Rampla y Solís. Como señala Miguel Aguirre Bayley,

de ese histórico rincón aduanero, Rampla se dirigió al “Café de Güelfi” en la proa de las calles Juncal, Piedras y 25 de Agosto y poco después se trasladó a la Aguada. En esos años fue local en Camino Mendoza y Piedras Blancas y luego en cancha ubicada en la avenida Burgues. Pero su destino será la Villa del Cerro donde llegó en 1919 para radicarse definitivamente en 1921, año de su consagración como Campeón de la División Intermedia. En ese período Rampla fue locatario en los campos de Braga y del Swift (Aguirre, 2009, p. 12).

Rampla Jrs. había surgido en otra zona de la ciudad, pero prontamente consiguió adeptos en la villa del Cerro, pero hubo otros que apegados a un sentimiento localista resistieron y se mantuvieron fieles a las humildes instituciones del barrio. El 1 de diciembre de 1922, se fundó el Club Atlético Cerro. El origen histórico de Cerro fue

en el “Café de Panizza”, en la esquina de las calles Grecia y China. A esos efectos, se habían realizado previamente reuniones en la confitería “Americana” y en la farmacia de Angel Constantini, quien sería su primer presidente. En su fundación participaron también dirigentes y asociados del Club Oriental. Precisamente Cerro adoptó como oficiales los colores albicelestes a rayas verticales que eran de los del club Oriental (Aguirre, 2009, p. 14).

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Imagen: escudos de Rampla Jrs. y Cerro. Fuente: https://i.ytimg.com/vi/7DtxRk0aq6M/hqdefault.jpg

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Identidades por oposición: Rampla Juniors Football Club y Club Atlético Cerro

La identidad de los colectivos, según Gilberto Giménez, en tanto “unidad distinguible”, supone la posibilidad de distinguirse de los demás, pero también tiene que ser reconocida por los demás en contextos de interacción y de comunicación, lo que requiere una “intersubjetividad lingüística”.

De acuerdo a Fernando Carrión, las identidades colectivas se construyen a partir de una doble situación: por un lado, la condición de pertenencia (expresa la adscripción al territorio, género, clase, generación o familia); y por otro, la cualidad funcional (que lo asume desde el rol de hincha, jugador, dirigente o empresario). Estos dos orígenes identitarios pueden, en ciertas condiciones, ser excluyentes, contradictorios o funcionales, dependiendo del momento y del lugar, dada la condición histórica que tienen.

Siguiendo a Luis Antezana, en el fútbol podemos distinguir tanto identidades culturales particulares como metaidentidades. Las identidades por clubes, entendidas como identidades culturales particulares, (llamadas “tifosi” por Antezana, ya que el término italiano implica un contagio febril), son irreconciliables y se producen en una misma zona o localidad.

Sobre estos casos podemos citar: rivalidad por oposición social (Universitario de Deportes vs. Alianza Lima -Perú-; Nacional vs. Peñarol -Uruguay-; Fluminense vs. Flamengo -Brasil-) rivalidad de una región con otra (Real Madrid vs. Barcelona -España-; Chivas vs. América -México-; Liga vs. Barcelona -Ecuador-).

Desde una mirada de identificación colectiva a partir de identidad por oposición, resulta un hecho claro: se trata de que en la confrontación está la esencia del fútbol y la base de las identidades. El “clásico” es la expresión máxima de la disputa simbólica.

En los casos anteriores, la confrontación o el encuentro entre los distintos es lo que le da razón de existencia al fútbol y a cada uno de los rivales.  Como señala F. Carrión “el contrincante es la base fundamental de la existencia del fútbol, de allí que sea un espacio proclive de alteridad” (s/n).

Actualmente en el barrio Cerro encontramos una rivalidad entre dos instituciones que están cerca de cumplir 100 años de presencia en la comunidad. Los encuentros de fútbol entre Rampla Juniors y Cerro, hoy son  reconocidos como “El clásico de la Villa”. Se ha transformado en el partido más atrayente del Uruguay y numeroso en convocatoria después de Nacional vs. Peñarol.

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Imagen: Mauricio Felipe, Jorge Rodríguez y Nicolás Rocha en el clásico de la Villa. Rampla vs. Cerro en el Olímpico (02/12/2017). (Foto: Marcelo Bonjour). Fuente: https://www.ovaciondigital.com.uy/futbol/cerro-llevo-clasico-ilusiona-copa-libertadores.html

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Imagen: último clásico de la Villa, Cerro 1 – Rampla 0 (02/12/2017). (Foto: L. Carreño). Fuente: https://www.referi.uy/pellejero-nos-mereciamos-cerrar-el-ano-asi-n1147981

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El primer partido entre ambas instituciones se jugó el 24 de abril de 1927, en el marco del Campeonato Uruguayo de Fútbol de 1927, en el “Parque Santa Rosa” (escenario en el cual era local Cerro por aquel entonces). El resultado fue de victoria para Rampla Jrs. por 2 tantos contra 0. En esa temporada, se consagró campeón del certamen el conjunto Ramplense, otorgándole así su único título de Primera División, aunque en la época no se había instaurado el profesionalismo.

Hoy cada partido es vivido con gran entusiasmo por la barriada y las familias, en donde un barrio entero queda paralizado para vivenciar lo que se denomina “la fiesta del barrio”. Pero también cada partido es vivido con intensidad por los problemas de violencia en el deporte, en donde ya ha habido heridos de armas de fuego. Lamentablemente, cada partido Cerro-Rampla es considerado de “alto riesgo”, lo que implica un fuerte operativo policial para su desarrollo.

La tarea queda planteada: indagar acerca del origen de la rivalidad, esto supone, investigar sobre aquellos aspectos identitarios que evolucionaron en el siglo XX para que hoy se transforme en un “clásico”. Hay un gran poder simbólico en torno al “clásico de la Villa”, que permite que la población barrial se identifique de manera simultánea y múltiple alrededor de su disputa. En este sentido,

se convierte en un elemento importante de atracción social que lee lleva a ser un espacio de encuentro y confluencia de voluntades, pasiones e intereses diversos y contradictorios. Por eso, un partido de fútbol se define a sí mismo como encuentro; lugar donde las adhesiones sociales terminan siendo distintas pero no excluyentes. (Carrión, Fernando, s/d).

Referencias:

  • Aguirre Bayley, Miguel (2009). El Clásico Rampla-Cerro. Montevideo: Grifelman S.A.
  • Antezana, Luis (2003). Fútbol: espectáculo e identidad. En: Alabarces, P. Futbologías: fútbol, identidad y violencia en América Latina. Bs. As.: CLACSO. (pp. 85-98).
  • Barrios Pintos, Aníbal (1971). Los barrios (I). Montevideo: Nuestra Tierra.
  • Brohm, Jean-Marie (1993). 20 Tesis sobre el deporte. En: aavv. Materiales de sociología del deporte. Madrid: Ediciones de La Piqueta. (pp. 39-46).
  • Carrión, Fernando (s/f). El fútbol como práctica de identificación colectiva. (Material sin más referencias).
  • Falco Genovez, Patricia (1998). El desafío de Clío: el deporte como objeto de estudio de la historia. En: Lecturas: Educación Física y Deportes, Revista Digital, Buenos Aires, año 3, nº 9, marzo. Disponible en: http://www.efdeportes.com/efd9/clio1e.htm
  • Giménez, Gilberto (1997). Materiales para una teoría de las identidades sociales. En: Frontera Norte; vol. 9, n° 18, julio-diciembre. (pp. 9-28).

Os “alemães” e os “outros”: os teuto-brasileiros e a exaltação dos valores germânicos no desenvolvimento esportivo de Porto Alegre no século XIX

20/04/2018

Cleber Eduardo Karls
cleber_hist@yahoo.com.br

Não é novidade entre os historiadores do esporte que se debruçaram sobre o desenvolvimento esportivo do sul brasileiro no século XIX a relevante contribuição dos imigrantes germânicos, ou mesmo, dos teuto-brasileiros para a constituição de clubes e associações que tinham os esportes e as práticas corporais como finalidade . Naturalmente, existiram adventícios do velho continente por praticamente todo o território nacional que foram responsáveis por fundar uma série de agremiações. Com efeito, foi na capital mais meridional do Brasil que esta característica se apresentou de maneira marcante e determinante para a ampliação das atividades esportivas.

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Com este texto, buscamos tecer algumas considerações acerca de uma publicação realizada no jornal Gazeta da Tarde de Porto Alegre em 12 de agosto de 1895, assinado por G. H., que acreditamos ser Germano Hasslocher, redator do mesmo jornal e filho de imigrantes alemães. Hasslocher foi personagem de destaque na capital gaúcha. Advogado formado pela Faculdade de Recife (depois de ter passado por São Paulo), ele foi vereador, deputado federal e um dos líderes políticos mais ativos do Partido Republicano Rio-Grandense, tendo atuação marcada por suas posições liberais, abolicionistas, federalistas, anticlericais e pela defesa da liberdade de expressão, além, é claro, de figura destacada no cenário esportivo da capital do Rio Grande do Sul.

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Inicialmente, a publicação noticiou o ato do lançamento da pedra fundamental de construção do prédio da Sociedade Ginástica (Deutscher Turnverein), atual SOGIPA, fundada em 1867 por teuto-brasileiros, que ocorreu no dia anterior. Com efeito, não demorou para que as suas convicções acerca da importância dos princípios germânicos aflorassem e o seu texto se tornasse uma exaltação dos valores d´além-mar, como o próprio descreveu: “A educação física do homem é objeto de grande cuidado entre os alemães e isto tem sido uma das grandes causas da superioridade daquele povo, forte, robusto, sadio”. G.H. destacou a existência de uma grande quantidade de associações congêneres naquela capital que serviam, ao mesmo tempo, de “divertimento e com um fim útil”, todas elas “quase que puramente alemãs”.

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Imediatamente as comparações foram traçadas. Os “nossos” colegiais, de acordo com G.H., se referindo aos brasileiros, não fazem ginástica, mas em compensação “fundam jornais nos quais exibem-se ridiculamente, abordando assuntos mui distantes de sua competência”. É importante mencionar que “brasileiro” poderia ser uma referência genérica aos não teuto-brasileiros. “Alemães”, por sua vez, identificavam aqueles com descendência germânica, nascidos ou não na Europa.

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O jornalista ainda expõe que em Porto Alegre lhes faltava clubes de ginástica e esgrima, ao passo que “as sociedades dramáticas pululam e em cada canto da cidade temos uma associação bailante”. Uma formação física e moral de destaque dos jovens sulistas brasileiros passaria pela adoção dos padrões germânicos, como foi o demonstrado no evento retratado no periódico. Jovens “alegres, com as faces rosadas atestando saúde” que se satisfaziam mediante o progresso da sociedade que cultivava o princípio mens sana in corpore sano.

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Ao mesmo tempo em que criticava o “tipo nacional” e o rotulava como “raquítico, atrofiado, nada se fazendo para desenvolver o homem, educar-lhe o músculo”, também questionava: “Em que se entretém a nossa mocidade?” Na sua visão aqueles “não alemães” gastavam seu tempo circulando pelas ruas, enchendo as mesas dos cafés, discorrendo pedantescamente sobre artes, literatura e política e, nos finais de semana, frequentando os prados da cidade. Para G.H., a juventude tiraria mais proveito se passasse o domingo “em uma sala de ginástica ou esgrima, caminhando uma légua fora da cidade ou exercitando-se em esportes náuticos”.

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Por fim, numa franca declaração das suas predileções, Hasslocher questiona: “Por que não havemos de imitar os alemães e fundar associações como eles, úteis, práticas, destinadas a formar o homem e dar-lhe robustez física, perseverando nos nossos intentos como eles, progredindo sempre?”

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Esta publicação aqui trabalhada, se não traz uma massa de informações substanciais, aponta aspectos latentes do cenário esportivo porto-alegrense do século XIX que podem ser pensados como especiais na formação do campo esportivo. Este não é um caso isolado acerca das relações étnicas pulsantes na Porto Alegre oitocentista. Todavia, se apresenta enquanto um caso relevante, exposto em um periódico de considerável circulação e assinado por um importante personagem do ambiente esportivo, político e cultural do Rio Grande do Sul. Os jornais são espaços de legitimação de ideias e a cidade de Porto Alegre um rico ambiente de embates que são construídos através da suas especificidades.

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